Tejer el nido. Los lazos sociales que hacen que una vivienda devenga casa

Weaving the Nest. The Social Bonds that Make a Dwelling a Home

Denis Merklen*

IHEAL, CREDA (UMR 7227) y Université Sorbonne Nouvelle (Francia)

Palabras clave

Casa, Clases populares, Políticas públicas, Vivienda

Resumen: En discusión con la concepción de «la casa como un nido», propuesta por Gastón Bachelard en su Poética del Espacio (1957), desde una perspectiva sociológica se propone una concepción de la casa a partir de su inserción en una trama de relaciones sociales de tres tipos diferentes: los de la familia, los del barrio y los de la sociedad, presentes estos últimos a través de la infraestructura de servicios urbanos. Se critica la concepción de propiedad privada de la vivienda y se contrasta la política de los gobiernos de izquierda de América latina y del Sur de Europa, con los sistemas de vivienda social de propiedad pública característicos de los países del Noroeste de Europa. A partir de una investigación de campo realizada en barrios populares en la ciudad de Lille, Francia, se discute la importancia de la higiene y de la relación entre lo privado, lo íntimo y lo social incluso como territorio de la militancia barrial.

Keywords clave

Home, Popular classes, Public policies, Housing

Abstract: In discussion with the conception of «the house as a nest», proposed by Gaston Bachelard in his Poetics of Space (1957), from a sociological perspective a conception of the house is proposed based on its insertion in a web of social relations of three different types: those of the family, those of the neighbourhood and those of society, the latter being present through the infrastructure of urban services. It criticizes the conception of private ownership of housing and contrasts the policies of left-wing governments in Latin America and Southern Europe with the publicly owned social housing systems characteristic of the countries of North-Western Europe. Based on field research carried out in working-class neighborhoods in the city of Lille, France, the importance of hygiene and the relationship between the private, the intimate and the social are discussed, including as the territory of neighborhood activism.

 

* Correspondencia a / Correspondence to: Denis Merklen. Campus Condorcet – IHEAL. 5 cours des Humanités. (93322 Aubervilliers cedex-Francia)) – denis.merklen@sorbonne-nouvelle.fr –  http://orcid.org/0000-0002-3578-121X.

Cómo citar / How to cite: Merklen, Denis (2023). «Tejer el nido. Los lazos sociales que hacen que una vivienda devenga casa». Papeles del CEIC, vol. 2023/2, papel 283, -14. (http://doi.org/10.1387/pceic.24627).

ISSN 1695-6494 / © 2023 UPV/EHU

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Considerar la casa como un nido como nos enseñara Gaston Bachelard (1957), es considerarla desde su experiencia poética, es decir, desde aquello que la imagen del nido evoca primeramente y primariamente en nosotros. No se trata de recuerdos, sino de las imágenes que surgen espontáneamente en nuestro contacto visual con el nido. Visiones que, si no poseemos directamente, la literatura evoca para nosotros. Pero no las de aquel nido que cayó del árbol y que no trae sino nostalgia de un mundo perdido. Lo que importa es la experiencia del nido vivo, habitado, allí en la horqueta del árbol antes de que el invierno lo desnude a la caída de sus hojas y que esté ya vacío, mecido por el viento. El nido que nos interesa es de vista fugaz, entre el follaje verde, vivo, con su casal y sus pichones, une experiencia tan rara como inolvidable que deja su marca en nosotros como una serie de interrogaciones. Y sin embargo, contradiciendo al filósofo, veremos cómo ese nido se ubica en el ramaje de un árbol que estructura su presencia, y se sostiene gracias a la trama de lazos y de briznas de paja que lo tejen y lo amarran a aquella estructura. Lo nuestro no es filosofía de la imaginación sino sociología. La casa que aparece ante nosotros como un nido, surge en una circunstancia que conviene describir.

1. La casa como mercancía

Tal como lo muestra la abundante información disponible, el déficit de vivienda es uno de los principales factores de la desigualdad en América Latina. Este no sólo expresa las inequidades que se originan en el mundo del trabajo sino que las agrava: la falta de vivienda representa uno de los principales obstáculos a la integración social. Más aún, los primeros años del nuevo siglo, que en numerosos países mostraron importantes mejoras en la calidad de vida, no mostraron progreso en la situación habitacional —salvo excepciones—. Así, el informe de Naciones Unidas sobre el déficit habitacional en América Latina y el Caribe (UN-Habitat, 2015) muestra un retroceso en casi todo el continente, tanto en términos cuantitativos —falta de viviendas— como en términos cualitativos —viviendas inadecuadas—. En 2010 faltaban en Argentina 1,2 millones de viviendas, en Brasil casi 7 millones, 9,6 millones en México, 1,8 millones en Perú y 1,3 millones en Colombia. Ese mismo año, 13 millones de viviendas eran inadecuadas en Brasil y 21 millones en México (Natanson y Muñoz, 2021). Aunque en una situación incomparable desde todo punto de vista, en Europa también la vivienda y el patrimonio son fuente de profundas desigualdades. Europa occidental se caracteriza por la abundancia escamoteada más que por una situación de déficit. En efecto, no puede hablarse aquí de «déficit de vivienda» ya que la cantidad de viviendas vacías es superior a la cantidad de hogares sin techo. En Francia se estima que más de 300 mil personas carecen de vivienda, 100 mil viven en viviendas de fortuna y más de 40 mil viven en hoteles (Fondation Abbé Pierre, 2023). Pero, según los datos del censo de población, de los 37,2 millones de viviendas existentes en Francia, 3 millones están vacías (8% del total), y el número aumenta en los últimos años (eran 2,9 millones de 2016). En España, los datos del INE indican que, de los 26 millones de viviendas disponibles, sólo 18 millones están habitadas. El resto son viviendas secundarias, albergan turismo, y más de 3,4 millones permanecen vacías. Aunque muchas de ellas presentan estado de vetustez y no permiten ser ocupadas, hay mucha casa nueva sin ocupar porque desde la crisis financiera de 2008, muchas se encuentran sin vender, a tal punto que la sociedad española produce hoy más hogares que viviendas. Resultado, según la «encuesta a personas sin hogar» unas 30 mil personas viven sin techo, y ello por tres razones principales: son extranjeros que aún no han logrado hacerse con una vivienda (28%), perdieron su trabajo y fueron expulsados por no poder pagar el alquiler (26%), o resultaron despojados de su bien por no poder pagar la hipoteca (16%) (INE, 2022).

Tratándose de Europa, allí donde la sociedad es más pobre y donde las desigualdades son más pronunciadas, el problema de la vivienda es más crítico. Y aunque parezca curioso: allí donde el porcentaje de propietarios es mayor, el problema de la vivienda es más agudo. En el Este, Bulgaria, Hungría, Polonia o Rumania, casi el 90% de la población es propietaria de su vivienda, mientras que esa proporción desciende a cerca de 50% en Alemania, Gran Bretaña, Francia, Holanda, Suecia o Suiza. En el primer grupo de países, cerca de la mitad de la población vive hacinada, mientras que en el segundo grupo solo uno de cada diez sufre de amontonamiento. En el primer grupo entre 10 y 20% de la población sufre de una «privación severa de vivienda», mientras que ese porcentaje es inferior al 2% en el segundo (Eurostat, 2015).

Este panorama del déficit habitacional pone en evidencia un hecho más relevante que aparece cuando comparamos la situación de los países del Oeste y Norte de Europa con la situación de los países del Sur y el Este del continente, y también con la del conjunto de los de Latinoamérica. Surge un hecho masivo que, sin embargo, se encuentra siempre ausente de los estudios, oficiales o no, sobre el problema habitacional.

Hace tiempo ya que los Estados aceptaron que el salario no permite acceder a la vivienda en condiciones de mercado inmobiliario, salvo para la franja superior del salariado. La dificultad se agrava para las capas de la población sometidas a la inseguridad del empleo y del ingreso, a la precariedad del trabajo, a la explotación y a la pobreza. Cuando las casas se convierten en bienes inmobiliarios luego constituyen el grueso del patrimonio que se hereda, lo que agrava los efectos de desigualdad social, dejando sobrexpuestos a los migrantes que arrancan de cero, sin herencia de las generaciones pasadas.

En ningún lugar el crédito barato alcanza para hacer de cada quien el propietario de la morada que habita. Sin embargo, la mayor parte de las veces la respuesta al problema de la vivienda proviene de una alianza entre industria de la construcción, capital inmobiliario y Estado: se intenta brindar créditos baratos con el propósito de facilitar el «acceso» a la vivienda para aquellos que no tienen el capital para comprar su casa ni el ingreso para pagar el alquiler a precios de mercado. Una alianza que se desarrolló a toda velocidad a partir de los años 2000 con la extraordinaria caída de las tasas de interés a nivel internacional, y que contó con el apoyo de aquellas capas de la población que disponiendo de algún resto de salario, buscaban desesperadamente escapar al alquiler (vivido como un desangre permanente y una exposición al riesgo de inflación y de desalojo).

El capital inmobiliario no invierte en un mercado que no es tal, en vivienda para aquellos que no pueden pagarla. La respuesta pública se ha dirigido a esa única cuestión, reduciendo la política social de vivienda al «acceso» a la propiedad. Aliento financiero a la industria y crédito barato para la compra de la «casa propia» es lo que se hace y se ha hecho, agregando a veces otras políticas públicas como la disposición de tierras y la dotación de servicios. Así, en 2009, durante el segundo gobierno de Lula, Brasil lanzó el programa «Minha casa, Minha vida», considerado por la ONU como «un ejemplo para el mundo» y que se prolongara hasta su remplazo por el programa de la «casa verde amarilla» de Jair Bolsonaro. Por ese programa, los gobiernos del PT habían construido en 2016 algo más de 3 millones de viviendas con que se brindó techo a casi 10 millones de personas. El programa es presentado por sus promotores en estos términos: «La casa es nuestro puerto seguro. Es donde criamos a nuestros hijos, recibimos a los amigos, pasamos las horas más felices del día. La casa es un derecho de todos, pero no todos tienen condiciones de comprar o construir la suya, aunque luchen la vida entera». Relanzado en 2022 tras el tercer triunfo de Lula, el programa mantiene intacta su filosofía: construir casas baratas destinadas a la población de menores ingresos y brindarles un crédito subsidiado que les permita convertirse en propietarios del bien (Instituto Lula, 2014).

Pero esa vía de acción esconde el hecho de que la vivienda es y puede ser mucho más que un bien. O, dicho con mayor precisión, el horizonte de la propiedad individual impide brindar otro estatus social a la vivienda, tanto desde el punto de vista de quien la habita como desde el punto de vista de la sociedad en la que se encuentra. Ay, si Marx leyese lo que escribimos se rascaría la barba pensando que cuando la casa se vuelve mercancía, su valor de cambio tiende a independizarse de su valor de uso. El bien inmobiliario se independiza del nido.

Pero nada nos impide ir más allá y pensar que la casa no es un bien sino una trama de relaciones sociales. El nido en el que vivimos se teje con lazos que deben cimentar las piedras con las que la vivienda se construye. No es cuestión de paja, madera o ladrillo. Sin sólidas ataduras, las piedras se vuelven ruinas ante el primer soplido del lobo. Y tampoco es cuestión de título de propiedad. Como bien se vio en España y en Estados Unidos con la crisis de 2008, el huracán financiero se llevó los nidos junto con las hipotecas como las acciones de la bolsa se convierten en papeles que se lleva el viento en caso de crisis, o los billetes en papeles inservibles cuando la inflación arrecia. Los argentinos vuelven a saber de ello hoy, tal como lo supieron en 1989; así lo vive desde hace unos años el Bolívar en Venezuela y así lo conocieron los brasileños antes de que el Cruzeiro cediera paso al Real en 1993 —los ejemplos en otras áreas del mundo no faltan, sin que sea necesario regresar a la Alemania de Weimar—.

En su definición de «vivienda adecuada», Naciones Unidas exige que las viviendas estén dotadas de siete elementos entre los que cuentan el acceso y la seguridad de la tenencia, la ubicación, los materiales de construcción y ciertos servicios como el agua potable, la disposición de las aguas servidas, la electricidad o el transporte (ONU - Habitat, 2023). Cada uno de esos servicios esenciales supone la seguridad de un flujo constante que requiere la institucionalización del trabajo necesario para su provisión. No hay casa que valga en la ciudad sin la estabilización de los lazos sociales que hagan llegar el agua limpia y la comida, y que se lleven el agua servida y la basura para tratarlas antes de que pudran el medioambiente. El transporte que lleva y trae trabajadores de casa al trabajo y del trabajo a casa, a niños a la escuela y a unos y a otros al deporte, la cultura o el consumo en el supermercado, también es una relación social que debe reproducirse cotidianamente.

Y el edificio en sí también es una trama de relaciones, porque los bienes se degradan rápido y es necesario movilizar el trabajo de albañiles, plomeros, electricistas mantienen los muros de pie, el techo sin goteras y la fibra óptica conduciendo su haz de luz. Tratar a la vivienda como un bien, es considerarla desde el punto de vista de quienes pueden movilizar cantidades suficientes de dinero para reproducir esa compleja trama de relaciones sociales.

2. El nido en el árbol

La vivienda es también una posición en el mundo, un lugar en el que plantar la vida, integrarse a un grupo social y entrar en relación con los otros grupos. La noción de barrio nos ayuda a pensar esta otra trama de relaciones sociales que hacen al hogar. Reducir nuestra responsabilidad social a la cuestión del «acceso» a la vivienda es ignorar ese entramado de lazos sociales que deberíamos tener presentes y que se encuentran allí, tácitos, cada vez que decimos «casa».

Los sistemas de vivienda social institucionalizada, como los que observamos en los países del norte de Europa occidental, pueden darnos una pista. En Francia, casi 20% de los hogares vive en viviendas que pertenecen a instituciones públicas, las famosas Habitations à Loyer Modéré, HLM. En la gestión de tales sistemas, toman parte los habitantes, el municipio, capitales privados, instancias ministeriales, y detrás de todo ese sistema, el Estado social. El usuario de la vivienda (casa o apartamento) tiene un determinado derecho al uso y accede a la habitación siguiendo criterios sociales (de ingreso y de composición del hogar), y ese derecho a la ocupación que puede «heredarse» por una generación. El usuario paga un alquiler que representa, en promedio, la mitad del precio de mercado, pero que en zonas de precios elevados como en las grandes ciudades, a penas alcanza a un tercio del valor de mercado (Ministère de la transition écologique et de la cohésion des territoires, 2023). Esta vía para encarar el problema saca a la vivienda e, in fine, a la ciudad, de la condición de mercancía y ubica el problema habitacional en el plano del derecho y de las instituciones del Estado social. El nido trepa al árbol de las instituciones públicas que lo rescatan de la zozobra de las aguas del mercado inmobiliario.

Poner a la vivienda en el seno del espacio institucional cambia el estatus de la misma y cambia el lugar de los usuarios en el espacio social. Ya no deben obtener dinero para acceder al bien o para mantenerlo en buen estado. Se trata ahora de lidiar con las instituciones para que garanticen la continuidad del derecho. Si los ascensores no funcionan o se corta la luz (lo que ocurre hoy con frecuencia como consecuencia del envejecimiento del parque de inmuebles y del desfinanciamiento del sistema), no habrá que juntar dinero o endeudarse para repararlos sino movilizarse para que el organismo en cuestión asuma sus responsabilidades. Tanto el espacio social como el espacio político se ven profundamente reconfigurados por la sola existencia de un sistema social de vivienda basado en la figura del habitante y no en la del propietario.

La uniformidad de la vía latinoamericana llama la atención porque excluye toda posibilidad de solución institucional. La propiedad privada de la vivienda individual se ha convertido en uno de los puntos ciegos que obturan el horizonte de las democracias latinoamericanas. Existen pocos contraejemplos. Uno de ellos, en Uruguay, es el de la Federación de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua (FUCVAM) donde cerca de 35 mil hogares viven en viviendas que ayudaron a construir y que son propiedad de la cooperativa que conforman. Un sistema muy interesante creado en 1970 como una «organización gremial de segundo grado» por el sindicato de obreros de la construcción y cuya federación forma parte de la central obrera, el PIT-CNT. Con apoyo financiero y técnico del Estado, las cooperativas construyen un barrio en donde se alojan las familias en calidad de «usuarias» sin nunca adquirir la propiedad de la vivienda, un uso también transmisible de padres a hijos como en el sistema francés —notemos que 35 mil son muchas familias en una sociedad de 3,3 millones de habitantes (González, 2013)—.

En realidad, el continente todo dispone de un importante precedente en materia de bien público relacionado con la casa. Desde principios del siglo xx, parte de lo que conforma la vivienda a través de los servicios urbanos (agua, energía, recolección de residuos, transporte, salud, educación) fue integrado con bastante éxito al sistema de instituciones públicas, la mayor parte de las veces por medio de monopolios estatales. Una integración a la que le faltó siempre mucho para convertirse en universal, incluso en los países donde el proyecto fue más integrador, Argentina y Uruguay. Ello fue así hasta que a principios de los noventa el neoliberalismo volvió a cerrar esa hendija cediendo a las multinacionales de servicios ese espacio de la vida social como fuente de negocios. En los últimos años se reintegraron al Estado social muchos de esos servicios esenciales. Sin embargo, esos quince años de gobiernos progresistas o de izquierda con los que se inauguró el siglo xxi no alcanzaron a imaginar ningún sistema institucionalizado de vivienda social. En América Latina se concibe que las infraestructuras de servicios estén entre manos de instituciones públicas, pero no así la vivienda. ¿Por qué?

3. Lavar la ropa fuera de casa

Un olor a suburbio, a territorio más allá de las fortificaciones que antaño protegían la ciudad y de las que ni los vecinos, ni los transeúntes, parecen hoy tener consciencia. Fragmentos de la antigua clase obrera esparcidos como las astillas de un mundo desmembrado por los efectos de un estallido. Y sin embargo están ahí. ¿Cómo no pensar en el maravilloso fresco que nos dejara Emile Zola de ese mundo de los mineros de los albores de la industrialización? Estamos en uno de los arrabales de la ciudad de Lille, en Francia, y pienso en Germinal, aquella obra mayor de la sociología (Zola, 1885). Ese mundo obrero hecho de minas de carbón, de metalurgia y de industria textil prolongó su existencia hasta hace pocos años, ya entrado el siglo xxi. Zola lo estudió en el trayecto que conecta el lugar de trabajo a la intimidad del hogar. Lo mismo hizo Olivier Schwartz en un texto que se convirtió en unos pocos años en un clásico de la sociología francesa: El mundo privado de los obreros (1990). El sociólogo penetra en las casas de los vecinos del barrio al que se ha ido a vivir. Entrar y salir de la casa, mundo doméstico, privado, social y público. La casa es el epicentro que organiza los espacios de la vida cotidiana, espacios que es preciso separar y conectar. Olivier Schwartz asocia tres determinantes esenciales a lo privado. La primera remite a la idea de secreto, de lo íntimo, lo protegido, lo oculto, y se elabora en oposición a lo público. La segunda refiere a la propiedad, a la posesión, y se enfrenta a lo común, a lo que está abierto a todos. La tercera muestra a la casa como espacio propio donde los sujetos restablecen su unidad amenazada. La casa como un nido.

En la casa obrera de los años 1990 que estudió Schwartz, como en la de muchas otras clases populares hoy, la nupcialidad es intensa y precoz, el exceso de fecundidad es marcado y esta ancla la fuerte vocación doméstica de las mujeres. Así lo observamos por nuestra parte en un estudio etnográfico reciente sobre la vida en los barrios populares de Montevideo (Filardo y Merklen, 2019). Pero este familialismo es menos cuestión de conservadurismo y de principios que una forma de protección social o, si se prefiere, de solidaridad. La familia es ante todo un espacio de reparación de fuerzas y de seguridad, y un marco de acceso a roles legítimos: padre y madre de familia. La centralidad de la casa y de la familia obedece a tres normas fundamentales: la constitución de una vida en común, la exigencia recíproca de lealtad familiar y una fuerte división de los papeles sexuales. La casa se encuentra en un estado constante de oscilación entre una sensación de confinamiento y una sensación de autosuficiencia y envolvimiento. El modelo conyugal, muy unitario e integrado, implica una doble coacción: la exigencia de exclusividad por parte del otro. Según observa Schwartz (ibídem), desde el punto de vista de la mujer, se trata de «fijar al hombre en casa», atraído siempre por el café, su madre y sus amigos, lo que lleva a la interiorización del reencuentro conyugal por parte de cada miembro de la pareja. En esa relación de la familia con la casa, los niños ocupan un lugar central: dan acceso a una identidad doblemente positiva, sexual (hombre y mujer) y social (padre y madre). Dicho esto, entre las clases populares de la Francia de hoy, debe distinguirse tres situaciones. La primera obliga a diferenciar dos grupos de familias: las familias estables y en general con mejor relación con el trabajo y con la escuela, de una fecundidad más restringida que refleja una relación estratégica con el futuro, y las familias precarias cuya fecundidad extendida no se ve afectada por las incertidumbres del presente ni del futuro. La familia numerosa representa a la vez una valorización narcisista electiva y un modo de defensa contra la carencia. Para muchas mujeres sin futuro social, no hay otro estatus posible que la maternidad fértil.

Frente a esos dos grupos, hay una tercera relación con la casa y la familia que es la de quienes están solos, que precisamente no tienen familia, son a veces parejas sin hijos, a veces madres con algún chico, frecuentemente estudiantes o personas mayores solas. Ellos viven en casas mínimas, monoambientes, viviendas precarias en el corazón de metrópolis como Lille. En el grupo de las personas solas, la situación social toda está atravesada por fuertes dinámicas de desafiliación (Castel, 1995). Fallan los lazos del empleo y de la protección social y fallan los vínculos de proximidad, los de la familia y del vecinazgo. En esta última situación, un grupo de militantes que encontramos en Lille intenta reunir a las familias más precarias, en ese barrio sur de la ciudad que recuerda, aunque sin tenerlo presente, su pasado obrero (Merklen, 2023).

Las angustias del presente parecen haberse desconectado de la conciencia del pasado, no tener nada que ver con lo que pesa hoy sobre los hombros de quienes caminan a diario por esta zona del suroeste de Lille. Y sin embargo, en esta zona de minúsculas casitas obreras, las huellas de la industria textil resultan perpetuas evocaciones. Edificios que fueron fábricas y talleres pueblan omnipresentes cada calle, aunque sus muros alberguen ahora otras actividades. A veces es como si estos edificios silenciosos estuvieran ocupados clandestinamente por actividades modestas que toman espacios demasiado grandes para ellas. Esta es la impresión que tengo frente al magnífico tanque de agua de Wazemmes, en la calle Van Hende. Sus limpios ladrillos rojos, sus arcadas, la barandilla, sus puertas celestes y sus columnas adornadas con herrajes. Me acerco y parece lógico encontrar en ese magnífico edificio este cartel misterioso que anuncia Au lavoir (El Lavadero) al pie del tanque de agua. Al fin y al cabo, El Lavadero se encuentra a orillas del Arbonnoise, un río hoy invisible por estar entubado, donde en tiempos de Zola las mujeres se reunían a lavar la ropa y charlar. El agua corriente no existía en la casa del obrero y la ropa se lavaba en el lavadero, al borde del río o del arroyo, cuando lavar la ropa no era una actividad doméstica sino tarea compartida y espacio de socialización. Allí mismo pues, en el recinto que antaño albergaba una nave industrial, la asociación Au Lavoir abre sus puertas a los vecinos del barrio ofreciendo higiene, buenos olores, solidaridad y sociabilidad. Allí encontramos a ­Farid, militante en Au Lavoir1.

Alrededor de la calle Van Hende, los procesos de desafiliación parecen haberlo arrasado todo; dejaron personas sometidas a la pobreza, la falta de empleo o el trabajo desprotegido y escasamente cubiertas por los sistemas de protección social. En contraste con la intensa vida colectiva observada en otros barrios, aquí observamos individuos y familias obligados a enfrentarse al aislamiento. El barrio muestra la segmentación de las clases trabajadoras que otrora, el empleo asalariado y los sindicatos aglutinaban en una sola clase social.

En el Centro Social Faubourg de Béthune se constató que allí vive «un gran número de personas solteras, estudiantes, divorciados, familias monoparentales y personas mayores», y que muchas de estas personas sufren un alojamiento estrecho e insalubre, con un alto nivel de infraequipamiento en electrodomésticos. «Hay una concentración de viviendas pequeñas y hacinadas, con una sobrerrepresentación de rentas bajas. De ahí surgió la idea de abrir un espacio para que las familias y los vecinos pudieran cubrir estas necesidades». El uso de lavanderías privadas es caro y casi imposible, ya que no existen en el barrio. En 2013 se creó una asociación con el objetivo de abrir una lavandería colectiva que permitiera el acceso a la higiene de la ropa a precios asequibles y en condiciones de comodidad adaptadas al barrio. Una instalación colectiva a falta de electrodomésticos2.

Pero los activistas del centro social que están detrás del proyecto no se conforman con lavarropas. La lavandería debe funcionar como un lavadero «de los de antes». La idea no es proporcionar un acceso barato a lo que ofrece una lavandería estándar: máquinas que funcionan automáticamente, mientras la gente espera en silencio a que la colada salga limpia del tambor, como si estos locales desolados aumentaran el aislamiento de los pobres. Al contrario, los activistas piensan que hay que devolver a este lugar todas las funciones sociales que tenía en la época de la primera industrialización. Café, información, ordenadores, ayuda para encontrar trabajo y talleres culturales pretenden contrarrestar los efectos del aislamiento. Como en la fuente del pueblo, en torno al agua se construye un espacio de encuentro.

Au lavoir responde al problema de las «viviendas hacinadas, sobreocupadas por familias numerosas en las que se observan déficits de higiene e insalubridad. La gran mayoría no puede permitirse una lavadora y, sobre todo, una secadora». ¡Es caro y consume mucha energía! Casas pequeñas, clima nórdico donde no abunda la luz del sol, «la gente pone la colada a secar en los calefactores, lo que contribuye al deterioro del hábitat» a causa de la humedad que se desprende y se condensa en las paredes de las viviendas. Militante alma mater de Au lavoir, Farid precisa que el objetivo principal «no es lavar, es qué vamos a hacer durante el tiempo de lavado y tratar problemas como el sobreendeudamiento o el ahorro energético y al mismo tiempo hablar de ciudadanía, del poder de acción de los habitantes. Cómo pueden, a pesar de su falta de educación y formación, contribuir a mejorar su barrio». Salir de casa para lavar la ropa con los demás tiene sus ventajas.

Es interesante ver el número de actores que hay que movilizar para que un puñado de personas y familias puedan lavar su ropa. La empresa Eaux du Nord (que gestiona el agua potable de la ciudad de ­Lille) disponía de los locales donde ahora funciona Au lavoir que cedió a los militantes «nos proporciona agua y electricidad que no pagamos». El mantenimiento de las máquinas también está subvencionado por la empresa de agua potable. Además de la empresa interviene el ministerio de trabajo (que paga los salarios a través de un dispositivo de empleo subsidiado), el municipio de Lille (que subvenciona la asociación), el centro social (cuyos trabajadores sociales siguen a las personas y a las familias en dificultad), la fundación Abbé Pierre (que brinda recursos puntuales para tal o cual proyecto).

Cabe preguntarnos qué ofrece una empresa privada de agua potable como servicio cuando obtiene la concesión, y qué es un servicio público. Y cabe interrogar la relación de la casa con el agua. En principio, se trata de agua potable, que debería fluir en abundancia, fresca y clara en todos los hogares. En este caso, podría pensarse que la empresa está cumpliendo su contrato con los clientes que pagan por el servicio. Pero cabe preguntarse si el límite debe colocarse ahí, al borde de la casa. El líquido te lo traen a las puertas de casa, haces con él lo que quieres... o lo que puedes. La bebida y la limpieza, el refresco corren por cuenta del cliente. Sin embargo, nos preguntamos cómo pensamos y definimos el derecho al agua potable. ¿Se trata de un derecho frente a la sed, la insalubridad y la suciedad? ¿La empresa que vende agua potable está en deuda con sus clientes cuando estos no pueden llevar ropa limpia? El hogar es un mundo privado estrechamente vinculado al mundo social y al espacio público. Se trata de algo parecido a una deuda social, pues los trabajadores, los jubilados, los estudiantes se encuentran en esa situación de llevar sucia la ropa en una sociedad rica y una economía poderosa y moderna. Y esta deuda social se extiende y se proyecta en los hogares, los barrios y las ciudades hasta que ya no es posible saber quién es el responsable de ella.

Nuevamente: como el clavel, el nido nunca está en el aire, siempre en la horqueta que forman las ramas del árbol que lo sostienen y le dan lugar. ¿Cuántas instituciones son necesarias para que las personas con pocos medios puedan superar esta dificultad básica? Llevar ropa decente, meterse en una cama caliente y fresca cuando llega la hora de la intimidad, del descanso o de los sueños... Las instalaciones de agua potable de las que disfrutamos y el acceso barato y regular a la energía, seguidos de la invención de los electrodomésticos y su acceso a través del consumo de masas, nos han hecho olvidar la cantidad de trabajo y energía que requiere satisfacer tales necesidades. Sin duda, la automatización de esta actividad ha tenido efectos verdaderamente emancipadores, sobre todo para las mujeres y a menudo los niños, sobre quienes recaía esta tarea cuando era pesada, y sigue recayendo hoy cuando lo es menos porque disponemos de máquinas automáticas que resuelven una parte (y sólo una parte) de la tarea.

Pero no puede olvidarse los orígenes del problema de la higiene y de la ropa limpia. El 3 de febrero de 1851, bajo Louis Napoléon Bonaparte, el parlamento francés sanciona una ley que, por medio del financiamiento de lavaderos colectivos, busca combatir las epidemias de cólera, viruela y tifus que asolaron Europa y que se asocian a la promiscuidad y a la miseria del proletariado hacinado en las grandes ciudades (Giraudon, 1996). Es el origen de los lavoirs que hoy evocan los militantes de Lille. Y es el origen de una relación compleja que conecta espacios privado y público, casa y barrio, familia y sociabilidad, hombres y mujeres (Bloch-­Raymond, 1984). La misma respuesta pública se observó en el Reino Unido, cuando militantes como Kitty Wilkinson, una migrante irlandesa que se presentaba a sí misma como wife of a labourer («mujer de un trabajador»), que promovieron la organización de lavaderos a partir de 1844 con la creación en Londres del Committee for Promoting the Establishment of Baths and Wash-Houses for the Labouring Classes (Wohl, 1984). Una historia que se prolonga hasta que hacia 1950 el lavarropas ingrese a la casa y encierre el lavado de la ropa sucia en la intimidad del hogar familiar.

Como nos enseñara Victor Hugo, la miseria enreda la pobreza material con la condición moral, confunde en el miserable al desdichado y al canalla, al que sufre con el que actúa sin tapujos. El mugriento y lo podrido confunden a las condiciones de existencia con su calificación moral. Así, el dicho popular intenta distinguir ambos sentidos de la miseria, al mismo tiempo que reconoce su confusión en el «pero» de la frase: «¡pobre pero limpito!». Y siempre en ese siglo xix en el que se anuda buena parte de nuestros problemas, a Honoré de Balzac le lleva nueve adjetivos describir el «olor a pensión»: «Esta primera pieza exhala un olor que carece de nombre en la lengua y que habría que llamar olor de pensión. Huele a encerrado, a moho, a rancio; da frío, es húmeda a la nariz, penetra en la ropa; posee el sabor de una habitación en la que se ha comido; apesta a servicio, a oficina, a hospicio. Tal vez podría describirse si inventáramos un procedimiento para evaluar las calidades elementales y nauseabundas que emanan las atmósferas catarrales y sui generis de cada pensionario, joven o viejo» (1835). Pero quizá lo más importante es cómo el «olor a pensión» describe la condición socio-económica de quienes habitan «esa» pensión. ¿Cómo podría sociológicamente describirse el olor de la casa del pobre? ¿Inventar un procedimiento o simplemente, como intuyeron genialmente Balzac, Hugo, Sue, Zola, describir con palabras lo que la observación desvela?

En efecto, los vecinos del Faubourg du Béthune empezaron a pedir lavadoras y secadoras «para la gente que no tiene medios», dice Farid, y ahí detiene su frase. ¿Que no tiene medios para qué? Lavar y secar su ropa, obviamente, no hace falta mucho más… Y, sin embargo, me parece que sí que hay que decir algo más. Farid habla de higiene y salubridad, y tiene razón, porque además de la limpieza de la ropa, también está la cuestión de la humedad provocada por la ropa que demasiado a menudo se pone a secar en los radiadores de la calefacción cuando las ventanas están cerradas durante los largos meses de inviernos casi sin sol. Pero también está la presentación en sociedad, el olor y el perfume, la vergüenza, el placer de volver a casa a zambullirse por la noche en sábanas limpias a descansar con la persona amada. Y a la inversa, se puede anticipar el desagradable momento de meterse en una cama que nos espera sucia.

¿Qué parte de la vida doméstica y familiar se organiza en torno al cuidado de la ropa? La división sexual del trabajo y el cuidado de las generaciones más jóvenes, por supuesto. Cómo no pensar en esta frase que deja Farid en medio de una larga entrevista: «había incluso maestras de escuela que avisaban a los servicios sociales porque algunos niños olían mal y pensaban que los padres no cuidaban de sus hijos». Y cómo no pensar en todas esas personas que están solas como consecuencia de un doble déficit de vínculos sociales. Les falta el vínculo social primario, el del empleo y el trabajo, el del Estado social y el de la solidaridad nacional. Y les falta la multitud de vínculos sociales locales, los que proporciona la familia, y los de amistad, vecindad y encuentros que implica la pertenencia a una clase social. El grupo de activistas de Au lavoir intenta responder lo mejor que puede a estas formas de aislamiento; y uno comprende el duro golpe que supone la exigencia de aislarse para luchar contra la propagación de la enfermedad. Tantas cosas difíciles de decir y, sin embargo, todas en juego cuando no se tiene lavadora y secadora, cuando se está solo, pobre, en una casa estrecha de la que es difícil salir, a la que no es grato regresar.

4. La casa en el árbol de las instituciones

Para entender de qué hablamos, debemos situar a la casa en su barrio y en el tipo de barrio al que nos referimos. En Francia, la vivienda popular se encuentra en dos tipos de barrios bien distintos. El primero es el de los pequeños apartamentos como los que acabamos de describir en el Faubourg du Béthune, de Lille. Son viviendas de propietarios privados que la mayoría de sus ocupantes arrienda. Junto con ellos y la herencia de clase obrera que los caracteriza, hay otros barrios que se componen de viviendas sociales a las que nos referimos antes, conocidos como ­cités HLM, es decir grandes conjuntos habitacionales de apartamentos en torres que son de propiedad social. Su funcionamiento está marcado por un denso tramado de instituciones. Esta forma institucionalizada de la propiedad es importante puesto que allí reside la principal diferencia con los barrios populares de toda América Latina y de las ciudades del Sur y del Este de Europa, como también señalamos más arriba.

En estos últimos y, como ya vimos, en los barrios populares de América Latina toda, domina la propiedad privada de la vivienda y de casi todo el resto puesto que luego de la ola de privatizaciones de los años 1990, no queda propiedad pública de casi nada. Muchas veces, como en las «villas» y los «asentamientos» de Argentina y Uruguay, en las favelas o assentamentos de Brasil o en las «invasiones» de Perú, esa propiedad es ilegal y reposa sobre una ocupación ilegítima del suelo. Así marcha la vida en esos barrios, con alguna presencia estatal, por ejemplo, a través de las escuelas o de la policía —cuya acción dista frecuentemente de someterse a la ley—. Es precisamente la combinación de pobreza y de ausencia de instituciones públicas lo que empuja a la creación de organizaciones llamadas «comunitarias» que encuentran su centro, como toda comunidad, en la familia y en la casa.

Los vecinos se organizan para construir guarderías, bibliotecas, salas de primeros auxilios, para tender redes eléctricas y de agua potable o para garantizar un mínimo de alumbrado. De cierta manera, puede decirse que en América Latina los pobres se ven condenados a la movilización. No porque estén motivados por el ideal de «participación» que tanto hoy se promueve como remedio a los problemas de la democracia representativa. Más bien porque fallan las instituciones del Estado social que podrían brindar «soportes» (Castel y Haroche, 2001) o puntos de apoyo estables en los que la casa pudiera descansarse y proyectarse hacia otras áreas de la acción, como cuando la educación pública garantiza una formación satisfactoria de las nuevas generaciones de ciudadanos3. Se despliega así un alto grado de movilización individual y colectiva que es una de las características de la politicidad de las clases populares argentinas4.

Es así que una de las divergencias entre la ciudadanía de las clases populares latinoamericanas y francesas puede observarse en el valor que adquiere la movilización colectiva. En América Latina se observa un entrelazado mucho más apretado de los «territorios cotidianos» (­Brandler-Weinreb, 2015) donde vida privada y pública se entretejen en el seno de esos espacios intermedios que son los barrios y de las relaciones interpersonales e informales que los constituyen. Si bien esta es una característica común a todo barrio pobre, en países en los que el Estado social es más sólido y más abarcativo, como en los Estados no liberales del noroeste de Europa, las instituciones ocupan un espacio mayor, estructurando y balizando la vida cotidiana. Hay allí lo que puede llamarse un determinante estructural que diferencia la situación de quien debe construir su propio nido y organizarse con sus pares para conseguirlo, y quien entra en relación con las instituciones que lo garantizan (o que deberían hacerlo) porque la autoconstrucción es imposible. Lo que importa ver en las sociedades en las que la vivienda es asunto público, es que los problemas de la casa en los barrios populares (en los de Francia, por ejemplo), encuentran su origen en el disfuncionamiento de las instituciones y no en su ausencia. Desde este punto de vista, en las cités HLM se observa una situación opuesta a la de las barriadas de Latinoamérica. La vida social parece no encontrar sino algún que otro intersticio en los pocos espacios que dejan disponibles las instituciones públicas. En los barrios de propiedad social, la vivienda y todas sus infraestructuras están en manos de las instituciones de interés público, o directamente en manos del Estado: el transporte, la educación desde la guardería hasta el final, los nacimientos, la salud y la muerte a través de la salud pública, los municipios a través de numerosas instituciones y equipamientos que van desde piscinas hasta bibliotecas y ludotecas, centros para jóvenes y para niños. El deporte se realiza en instalaciones públicas y en ellas se practica una buena parte de la actividad cultural, desde la música hasta el teatro.

Esto no quiere decir que gracias a las instituciones del Estado social las cosas funcionen de maravilla. Quiere decir que para que exista una canchita5 de fútbol, debe pedirse al municipio que la construya, y que cuando se deteriora el césped y ya no queda sino pedregullo, cuando ya no hay redes en los arcos, cuando en los vestuarios no hay agua caliente o los sanitarios están tapados, se batalla con el municipio para que lo repare todo aunque ese municipio no repare sino poco y nada. Es decir que el origen de lo que no funciona es la lentitud burocrática, el disfuncionamiento institucional, la falta de presupuesto o de agentes competentes, la relación entre la institución política y las y los habitantes. Pero el problema no reside en la ausencia de Estado o de instituciones como es masivamente el caso en América Latina, en América del Norte o en el Sur de Europa. En uno y otro caso, el nido no vive en el mismo árbol.

5. De la propiedad de la casa a la propiedad de sí

Recuerdo como si fuese hoy aquellas entrevistas que realicé a mediados de los años 1980 con migrantes italianos que vivían en los barrios del lejano oeste de Buenos Aires. Intentaba entonces comprender la relación con la propiedad de la vivienda de un conjunto de cuatro mil familias que habían ocupado ilegalmente tierras buscando un lugar en la ciudad, un sitio en el que abrigar el nido (Merklen, 1991). Aquellos paupérrimos ocupantes de tierras eran parejas jóvenes de treinta años promedio que tenían ya dos o tres hijos de baja edad. Para entenderlos fui a ver a la generación de sus padres y de sus abuelos, llegados entre las guerras mundiales de principios de siglo xx, que habían desembarcado en Buenos Aires cuando la Argentina tenía una capacidad notable de integración social y que era capaz de convertir a maremóticas oleadas de migrantes en ciudadanos argentinos propietarios de una vivienda (Korn y De la Torre, 1985). Aquellos italianos de la localidad de San Justo me relataban cómo habían erigido su casa en un terreno que habían comprado a plazos en la periferia de la ciudad, y me contaban que la habían levantado desde el pie, hilada tras hilada de ladrillos, con sus propias manos. Recuerdo cuando hablaba Ángelo, llegado de Nápoles, y su familia escuchaba el relato a nuestro alrededor en silencio. Mientras hablaba, aquel hombre que relataba el origen de las fundaciones extendía hacia a mí sus manos con las palmas hacia arriba. Ese sueño que los argentinos llaman «de la casa propia» se había hecho realidad para Ángelo y los suyos. Parecía la encarnación en la tierra de las teorías de John Locke sobre el individuo posesivo (1689). La casa le pertenecía porque la había construido con sus propias manos, mucho más que por el dinero con que había comprado la tierra y los materiales. Al fin y al cabo, detrás de ese dinero también estaba el trabajo de sus manos.

Lo que aquellos italianos no sabían explicar era cómo sus hijos o sus nietos, siendo argentinos ya, hijos y nietos de propietarios, se veían despojados del techo propio. La crisis del salariado había pasado por allí, y sin salario estable no hay mensualidad que permita acceder a la tierra, a los materiales de la construcción y a la estabilidad necesaria para beneficiarse de veinte años de jornadas con tiempo libre que consagrar a la construcción de la casa, ladrillo a ladrillo. La crisis del Estado también había pasado por allí y sin él, ni pavimento, ni agua, ni electricidad ni servicios cloacales para la vivienda del pobre. El vendaval se llevó al nido y al árbol en el que reposaba también. La poesía que puede escribir nuestra mano no es aquella que eligió Gastón Bachelard, que a la hora de leer Victor Hugo prefirió Notre dame de Paris a Les Misé­rables.

Robert Castel publicó un maravilloso ensayo sobre el individualismo. Interpretaba allí en clave durkheimniana los procesos contemporáneos de individuación a partir de su singular lectura de la obra de John Locke. En su Propriété privée, propriété sociale, propriété de soi (2001), Castel alinea las proposiciones de Locke y de Durkheim para proponer una teoría no liberal del individuo a través de su hoy célebre concepto de «soporte». La genialidad de Locke consistió en haber sido el primero en advertir que fue gracias a la propiedad privada que, por primera vez en la historia, los sujetos accedieron a la propiedad de sí mismos para convertirse en individuos. Como sabemos, bajo la pluma del filósofo inglés, la propiedad encuentra su origen en la naturaleza humana de quien es propietario de sí que se vuelve propietario de los objetos que produce gracias a su trabajo. Porque humaniza la naturaleza con su trabajo, el sujeto la posee, se la apropia. Leyendo a Locke, Castel observa que la propiedad privada brinda al sujeto un sócalo de independencia social que le es indispensable para instituirse a si mismo como individuo. Porque es propietario alcanza a la propiedad de sí; Castel pone a Locke de cabeza. Y el sociólogo francés agrega que, históricamente, esa misma operación que permitió al burgués instituirse en individuo frente al orden feudal, dejó luego a las masas proletarias desprovistas de todo soporte que les permitiera conquistar siquiera el más elemental de los márgenes de independencia. Los proletarios no sólo no fueron propietarios sino que tampoco pudieron convertirse en individuos, en el sentido positivo del término. El pauperismo y la miseria se adueñaron de sus vidas para convertirlos en poco menos que parias en su propio país. Hubo que esperar un siglo y medio más para que la «propiedad social», bajo la forma de derechos sociales garantizados por las instituciones públicas y el Estado, brindara la independencia necesaria para poder disponer de sí cual propietarios.

Allí donde las instituciones del Estado social son débiles, la casa funciona como un mínimo de propiedad, como un sócalo de independencia frente al mundo, como un soporte sobre el que los individuos y sus familias pueden dotarse de un refugio mínimo. Así vemos a los sin techo de la América Latina toda ocupar tierras a través de esfuerzos denodados para dotarse de un mínimo de posesión desde el cual salir al mundo y al cual regresar cuando desean volver a casa. El pobre siempre queda fuera del mundo de la propiedad privada porque no dispone ni del ingreso ni del capital con que acceder a ella (tal vez por eso es que los gobiernos se esfuerzan en facilitar el «acceso» a la propiedad). Es la historia del trabajador desprotegido, desde los inicios del proletariado industrial hasta el trabajador «uberizado», pasando por todos los asalariados del inmenso mercado «informal» de mano de obra, aquel para el que un empleo no es más que un contrato estipulando el pago de un dinero como sola retribución a una tarea pautada. Esta historia hubiese sido continua si a través del Estado no se hubiesen instituido, a lo largo de todo el siglo xx, formas más o menos extendidas y más o menos variadas de propiedad social. Pensadas como propiedad social, vemos que las instituciones del Estado funcionan como soportes o como puntos de apoyo que brindan una mínima superficie desde la que el individuo y las familias pueden proyectarse hacia el mundo con algo de indepen­dencia.

Contrariamente a lo que postula la teoría liberal, el sujeto no puede erigirse como individuo retirándose de la sociedad, disminuyendo el peso del derecho y de las instituciones, no es con menos Estado. Es integrándose socialmente que logra mantenerse en pie. Y precisamente allí, en esas coordenadas, debe situarse la casa como un nido. Esta logra convertirse en refugio y en soporte cuando se encuentra inserta en un entretejido de lazos y de relaciones sociales que le dan vida y la ponen en la ciudad y en el mundo. La propiedad privada de la vivienda y la fuerte asociación de la casa con la posibilidad de tener vida íntima y vida privada alimentan la ilusión de que somos libres cuando nos retiramos del mundo. En realidad, cuando llegamos a casa entramos a otra parte del mundo, aquella que este reserva para nuestra privacidad y para nuestra intimidad, para los amigos, para la familia y tal vez para algún momentillo de soledad.

Aquellos tanos del oeste de Buenos Aires me hablaban de esa casa que habían levantado con sus manos, fueron herederos de la coyuntura en la que el sueño de la casa propia se encarnó en América del Sur con la mayor fuerza. Buenos Aires y Montevideo fueron el lugar donde esa integración por el salariado y la propiedad de la vivienda autoconstruida fue una realidad para la mayoría de los trabajadores, incluso cuando llegaban pobres, en un barco, huyendo de una Europa que les era verdaderamente hostil. Pero lo que esos mismos italianos no pueden explicarse es por qué sus hijos no pudieron hacerse de una casa y tuvieron que irse a ocupar tierras ilegalmente, cuando tenían las mismas manos y de la misma fuerza para trabajar que sus padres y contaban con mejores niveles de escolarización y con lo hecho por la generación anterior: ¡no eran migrantes! En aquella Argentina de los años 1980, casi dos tercios de los habitantes de esos barrios ilegales, pobres y precarios provenían de familias que habían vivido sus infancias en «casa propia» (Merklen, 1991). Aunque siguieron siendo peronistas, aquellos obreros del 17 de octubre de 1945 pasaron de asalariados a pobres y de propietarios a ocupantes ilegales. La Argentina descubrió como convertir el oro en plomo.

6. Desahuciados en la intemperie

En América Latina cuando alguien es expulsado de su casa porque no puede pagar el alquiler o el préstamo hipotecario, porque el Estado o el propietario lo expulsan por la fuerza, se habla de «desalojo»; y cuando el problema es masivo, se habla de «desalojados». La palabra «desahucio» se reserva para nombrar el estado de desamparo de quien se ve obligado a vivir en la calle, condenado a errar o enviado a vivir en casa de otro, bajo un puente, en algún inmueble insalubre o en el equivalente de alguna de las variedades proteiformes de lo que en Brasil llamamos «favelas».

En 2008 descubrí con estupor un uso y una acepción de la palabra desahucio que me dejó prácticamente congelado. Ya me veía yo indignado por las consecuencias de la crisis financiera que devastaba la vida de millones de españoles en un santiamén. La deflagración proveniente de las bolsas de valores norteamericanas dejó entonces a millones de personas sin casa y sin trabajo. ¡Sin casa, sin trabajo y endeudados! Perdieron dos de los soportes con los que se planta la vida en el mundo. Inactivos, a la intemperie y con una deuda por pagar a ese mismo sistema financiero que primero prestara el dinero, luego diera quiebra y, por fin, reclamara lo debido… Por sólidas que sean las paredes de la casa, el nido nunca resiste a la ruptura de los lazos sociales que lo sostienen.

Para tal desamparo, el castellano de América Latina con el que escribo me hubiese alcanzado rápidamente la palabra desahucio a la punta de la lapicera y hubiese escrito que veía a mucha de esa gente verdaderamente desahuciada. Claro que siempre queda el saludable remedio de la rebelión y de la organización colectiva para sanar el mal, lo que efectivamente ocurrió a partir del 15 de mayo de 2011 en la Puerta del Sol de Madrid (Nez, 2022). Lo cierto es que me figuré que la crisis estaba dejando a muchas personas y a muchas personas como aquel enfermo terminal al que el médico anuncia el inevitable final, la impotencia de todo tratamiento, el agote de toda esperanza: desahuciado.

Como tantas otras veces con sus ciclos, el capitalismo dejaba a tantísima gente desamparada y sin esperanza. Allí están las dos primeras acepciones que el diccionario de la lengua española de la Real Academia distingue para el verbo desahuciar. Para la primera indica: «quitar a alguien toda esperanza». Para la segunda señala «dicho de un médico: admitir que un enfermo no tiene posibilidad de curación»6. Pero hasta la crisis española de los desahucios, mi ignorancia y mi estrechez no me permitieron imaginar la tercera acepción. Así fue mi sorpresa al descubrir que en España el término se utiliza, principalmente, para: «Dicho de un dueño o de un arrendador: Despedir al inquilino o arrendatario mediante una acción legal». Naturalmente, por extensión, se empleó «desahucio» para dar cuenta de los millones de familias expulsadas de sus casas por los bancos como lógica consecuencia de la crisis de 2008.

Como en general, por poco que se la observe, la lengua de un pueblo nos dice mucho sobre la sociedad que cohesiona a ese pueblo. En este caso, la asociación de los tres significados de la palabra nos brinda buena información para pensar lo que una casa representa. En el artículo que escribió para este monográfico de Papeles del CEIC, Eva Sotomayor nos brinda abundantes y precisos datos estadísticos que permiten dar cuenta de la correlación existente entre los diferentes aspectos de la crisis que asoló a tanta gente. Al ser despojados de sus casas, los «desahuciados» quedaban expuestos a los riesgos de la enfermedad y del suicidio de modo exponencial. La vivienda no es solo un bien y en mucho caso no debería serlo. Tal vez haríamos mejor en pensar la casa como un nido y cuidarlo, vivo, en su enramada y con los lazos que lo tejen, bien resistentes. Y porque somos humanos de casa y no pajaritos de nido, a la nuestra le pondremos puerta, una puerta y varias ventanas que puedan abrirse y cerrarse cuando lo necesitemos y cuando lo deseemos también.

7. Referencias

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Balzac, H. de. (1835). Le père Goriot. Paris: Edmond Werdet.

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Castel, R. (1995). Les métamorphoses de la question sociale : Une chronique du salariat. Paris: Fayard.

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Fondation Abbé Pierre (2023). 28e rapport sur l’état du mal-logement en France 2023. https://www.fondation-abbe-pierre.fr/actualites/28e-rapport-sur-letat-du-mal-logement-en-france-2023

Giraudon, D. (1996). Lavandières de jour, lavandières de nuit. Bretagne et pays celtiques. Brest: CRBC, Université de Bretagne Occidentale.

González, G. (2013). Una historia de FUCVAM. Montevideo: Trilce.

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Zola, E. (1885). Germinal. Paris: Gil Blas.

1 Lo citado entre comillas y/o en cursiva son sus palabras, entrevistas realizadas entre 2018 y 2020, en el marco de una investigación sobre militantes de barrios populares en Francia (Merklen, 2023).

2 En Francia, el 4% de los hogares no dispone de lavadora, pero este porcentaje se eleva al 18% en los hogares en los que la persona de referencia tiene menos de 25 años. Más del 31% de los hogares no dispone de secadora independiente. ­Insée: Tableaux de l’économie française, «Equipement des ménages», edición 2019. https://www.insee.fr/fr/statistiques/3676680?sommaire=3696937. Última consulta: 08/10/2021.

3 Para una elaboración de la noción de «soporte» más cercana de las situaciones observadas en los barrios populares del Río de la Plata, ver: Filardo y Merklen, 2019.

4 Sobre el concepto de «politicidad» y sobre la politicidad de las clases populares en Argentina, ver Merklen (2006); y, en Francia, ver: Merklen (2012).

5 Perdónesenos el rioplatense, derivado del quechua, «cancha».

6 Consultado en línea. Última consulta: 01/03/2023.