En casa. Huellas del habitar precario1

At Home. Traces of Precarious Habitation

Claudia Girola*

Université Paris Cité (Francia)

Palabras clave

En casa, Personas en situación de calle, Memoria, Refugios biográficos, Etnografía reflexiva

Resumen: Este artículo trata sobre los sentidos que dan hombres y mujeres en situación de calle —sometidos a una «urbanidad de los bordes» en diferentes comunas de la región parisina— a sus lugares de vida. Sentidos que emergen a partir de una serie de escenas y relatos etnográficos de prácticas del habitar y de sociabilidades compartidas por aquellas personas. Relatos de vidas activas que ponen en evidencia la violencia interpretativa y éticamente cuestionable, contenida en la ecuación aplicada para el análisis de las experiencias cotidianas de estas mismas personas, que establece una relación causal entre precariedad socioeconómica extrema e incapacidad de estar en el mundo. Ecuación que las reduce a seres desocializados, incapaces de construir un lugar propio, un chez-soi, donde preservar su intimidad, organizar su cotidiano y al mismo tiempo abrirse al otro en un gesto de hospitalidad y de intercambio. Estos relatos hablan de memorias y de casas, de experiencias, saberes y competencias que revelan, al contrario de la mirada desocializante, personas en una lucha obstinada para enfrentar, cada día, las determinaciones históricas y estructurales de su condición de vida extrema, lucha que las inscribe de una manera ineluctable y vital en el mundo social común.

Keywords clave

Home, Homeless people, Memory, Biographical refuges, Reflexive Ethnography

Abstract: This article looks at the meanings that men and women in situations of homelessness —subjected to an urbanity on edge in various communes in the Paris region— give to their living spaces. These meanings emerge from a series of scenes and ethnographic accounts of living practices and social interactions shared by these people. These stories of active lives highlight the interpretative and ethically questionable violence contained in the equation applied to the analysis of the daily experiences of these same people, which establishes a causal relationship between extreme socio-economic insecurity and an inability to take part in this world. An equation that reduces them to desocialised beings, incapable of building their own place, a home, where they can preserve their intimacy, organize their daily lives and at the same time open to others in a gesture of welcome and exchange. These stories of memories and homes, experiences, knowledge, and know-how reveal, in contrast to the de-socialising view, people carrying out a relentless daily struggle to confront the historical and structural determinants of their extreme living conditions, a struggle that makes them an inescapable and vital part of our common social world.

neighborhood activism.

 

* Correspondencia a / Correspondence to: Claudia Girola. Université Paris Cité. 8, rue Albert Einstein (79205 Paris Cedex 13-Francia) – claudia.girola@u-paris.fr – http://orcid.org/0000-0002-8568-934X.

Cómo citar / How to cite : Girola, Claudia (2023). «En casa. Huellas del habitar precario». Papeles del CEIC, vol. 2023/2, papel 285, -12. (http://doi.org/10.1387/pceic.23783).

Fecha de recepción: julio, 2022 / Fecha aceptación: noviembre, 2022.

ISSN 1695-6494 / © 2023 UPV/EHU

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En nous souvenant des « maisons », des « chambres »,

nous apprenons à « demeurer » en « nous-mêmes »

Gaston Bachelard, La poétique de l’espace (1957)

El recorrido por los sinuosos senderos del mundo social precario, al encuentro de las personas en situación de calle, me llevó a atravesar espacios abandonados o sin función explícita, situados en los bordes, intersticios, pero también en el corazón de la ciudad. A los ojos del habitante común, pero también de los responsables públicos y de los planificadores urbanos, estos espacios son vistos como «desiertos», sin calidad política, considerados como vacíos que hay que llenar y construir, o, por el contrario, espacios demasiado políticos, que hay que vigilar, allanar, desalojar. En un sentido u otro, el vacío de significación domina a la hora de calificar estos espacios, que en última instancia son concebidos, parafraseando a Hannah Arendt, como «muertos para el mundo» (1988), o como inacabados, faltos de nombre, y que por lo tanto deben imperiosamente ser bautizados so pena de perder su salvación. El observador atento e interesado, que busca «comprender», se da cuenta, al aproximarse, que estos espacios son en realidad espacios llenos que hay que explorar y que se constituyen en testigos profundos de la ciudad. Por lo tanto, como todo testigo, requieren ser aceptados y «visibilizados», historizados y narrados. La travesía de estos lugares me enfrentó así a un universo en el que todos los objetos allí diseminados me eran conocidos, pero cuyo sistema de clasificación desconocía: basura acumulada, peines viejos, tazas rotas, sillas inestables, latas oxidadas, trozos de espejos afilados, bolsas de plástico, alimentos putrefactos o vencidos, fotos ajadas y descoloridas, todos estos elementos sin un destino común concebible, estaban sin embargo reunidos por el gesto humano del desechar. Pero también me crucé con restos de viejos muros, con terrenos abandonados llenos de huellas de personas desaparecidas o fugitivas (pero que siguen presentes en mis expectativas de encuentro), muchos de ellos recubiertos de una maleza invasora que parece difuminar los límites entre la naturaleza y la cultura, uniéndolos en una continuidad totalizadora. Hasta el día en que en estos recorridos azarosos aparecen los «claros» de estos espacios de significados múltiples, que muchas personas ocupan, adaptan y, para nuestro asombro, vuelven habitables.

A la manera de un «cazador» seguí rastreando2 la progresión de estos territorios tratando de descifrar la narración siempre enigmática en ellos contenida, aquella de la lucha cotidiana en una vida límite, prueba del ser de esos hombres y mujeres categorizados «sin techo», extremadamente pobres, sometidos a una urbanidad hecha de derechos olvidados u ocultados. Una «urbanidad de los bordes», una urbanidad liminal, colmada sin embargo de lugares de vida, que hablan de formas de afirmación de si «a-pesar-de-todo»3 de las personas que allí se instalan (Girola, 2011a).

Se trata en este texto precisamente de exponer los sentidos que las personas en situación de calle dan a sus lugares de vida a través de una serie de fragmentos etnográficos de prácticas del habitar y de sociabilidades compartidas de estas personas, con las cuales trabajé durante largos años de investigación, en diferentes comunas de la región parisina. Fragmentos de vidas activas que muestran la inexactitud de la ecuación simplista de la mirada social dominante, pero también de cierto discurso académico, que establece una relación causal entre precariedad socioeconómica extrema e incapacidad de estar en el mundo, ecuación que lleva a concebir à las personas sin techo como seres desocializados, extraterritoriales, fuera de la historia, sin derecho a la ciudad. Incapaces de construir un lugar propio donde preservar su intimidad, organizar su cotidiano y al mismo tiempo abrirse al otro en un gesto de hospitalidad. Fragmentos de experiencias, saberes, competencias, recuerdos productivos que nos hablan del combate día a día que llevan a cabo las personas en situación de calle, contra todas las dificultades de una vida en lo extremo que puedan aniquilar su estatuto de persona. Combate obstinado que las inscribe de una manera ineluctable en el mundo social común.

1. «Monoambientes» a orillas del Sena: apropiación, inestabilidad y confiabilidad

En el bar de un suburbio al sur de París, me enteré de que un grupo de personas habitaba en los márgenes del Sena en la localidad de Villeneuve-la-Garenne. Me advirtieron que tenía que atravesar terrenos difíciles y escarpados. El día que decidí bajar al río en su búsqueda se acercaron tres grandes perros guardianes. Detrás de ellos caminaba un hombre de unos cuarenta años. Tenía el cabello largo y estaba bien abrigado. Era Louis quien inmediatamente me invitó a ir a su casa. Caminamos cuesta abajo, entre las malezas, ahora seguidos por los perros como escoltas. Pasamos por debajo del puente y allí el paisaje cambió. François, sentado en una silla junto al río estaba hablando con Marie, quien tejía un suéter. Bernard estaba reparando un aparato de radio. Christelle, la compañera de Louis, se estaba maquillando mientras se miraba en un pequeño espejo colgado contra la pared del muelle. Esta serena y casi bucólica escena doméstica se desarrollaba a orillas del río. Con cierto orgullo, reforzado por mi mirada de asombro, Louis me acompañó bajo la arcada del puente para mostrarme las barracas que cada uno de ellos había construido. No nos habíamos realmente presentado, aparentemente no era muy importante. Louis tenía prisa por mostrarme dónde vivía. Durante la caminata me contó su situación. En ese momento se encontraba al final de los subsidios que recibía del Estado4. Trabajó como informático en una «empresa en París». Estaba separado de su esposa que vivía con sus dos hijos menores de edad en el centro de Villeneuve-la-Garenne en un HLM5. Después de dejar a su familia hace ya dos años, se mudó a París por un tiempo en el distrito 20. Luego volvió a Villeneuve-la-Garenne. Me aclaró que no estaba solo en esta «nueva vida», François, un amigo de la infancia, siempre lo siguió. François, cuarenta años, hijo de obreros agrícolas, trabajó como mecánico durante quince años, se hallaba en esa época sin trabajo y sin ninguna ayuda estatal. Marie —también cuarenta años— trabajó de los veinte a los treinta y cinco en una fábrica textil, al igual que su madre que había sido costurera en la misma fábrica «toda su vida» como así lo expresó, contundente. Bernard, sesenta años, trabajó como técnico en una unidad de ingeniería militar en la ciudad de Metz, durante veinticinco años. Christelle tiene cuarenta y cinco años. Hija de campesinos, estaba casada con un obrero de la fábrica Renault, amigo de su padre, quien la golpeaba. Cuando dejó el hogar conyugal, se fue a trabajar como conserje en un hotel. Conoció a Louis a través de un amigo en común y se «juntaron».

Seguimos el recorrido. Cinco habitaciones, construidas por Louis y sus vecinos se extendían a lo largo del muelle, aprovechando la protección que brindaba el arco del puente. Louis, sonriendo, los presentó como «monoambientes». Al verlos pensé que no se equivocaba con el término empleado. Tres de las cinco habitaciones estaban completamente acabadas, en la cuarta, según Louis, «faltan algunos detalles en el interior», la quinta estaba en construcción, faltaba solo la puerta. Louis, conocedor de gangas y almacenes de material rescatado de demoliciones, quería una puerta «de verdad» para la quinta vivienda y no otra cosa: «Aquí estamos como en cualquier otro lugar, queremos que las cosas sean como deben ser, nos las arreglamos para encontrar lo que hace falta…» dijo sin titubeo.

Louis abre las habitaciones una por una: una pequeña sala de estar con una cama haciendo ángulo, las paredes cubiertas con listones de madera perfectamente pegados entre sí, una alfombra, una pequeña estufa de gas de garrafa en la entrada, una mesa rodeada de cuatro sillas y un armario. En cada una de estas viviendas está la huella de sus ocupantes: en la de ­Louis, la tela de la colcha que cubría la cama había sido bordada por Christelle. Contra el muro de la cocina se encuentran unas estanterías con un servicio de té en exhibición y algunos pequeños objetos decorativos. Al lado, en un rincón, una pequeña biblioteca con varios libros y también folletos municipales donde se pueden consultar los diferentes servicios ofrecidos por la institución y finalmente juegos de mesa. En la pared junto a la cama, a la altura exacta donde Louis coloca su cabeza para dormir, descubro las fotos de sus hijos. «Solo tengo que abrir los ojos y allí están» me indica Louis.

A continuación, se encuentra la pequeña habitación de Bernard. Este último vino casi corriendo a mostrármela. Los espacios eran similares a la habitación precedente, la disposición de los muebles y la cocina también. Bernard, más austero, tenía unas fotos de su hija y su nieto pegadas sobre un cartón colocado en un banco junto a la cama, algunas revistas y periódicos en el suelo, una silla un poco maltrecha y una vieja guitarra que no sabía tocar y que había pertenecido a su padre: «eso es todo lo que pude conservar de él...» dijo con tono sereno. Aprecié a este hombre desde nuestro primer encuentro, pero era Louis quien marcaba el ritmo y se imponía como el principal narrador. Continuamos nuestro recorrido. La tercera habitación pertenecía a François y «de vez en cuando a Marie que viene a visitarlo». La cama estaba deshecha, algunos platos en el suelo. Louis inmediatamente lo justificó:

Yo le digo siempre que arregle, que todo esté limpio, los que estamos en la calle no podemos abandonarnos, hay que ser rudo consigo mismo. Esto es lo que te mantiene activo, pero François lo sabe y finalmente ordena. Siempre un poco tarde pero no es demasiado grave, al final no estamos aquí en un cuartel.

François, que se había acercado, asintió con la cabeza, diciendo que reconoce que no es bueno para las actividades del hogar y que es gracias a Louis que están todos allí, más o menos protegidos. Bernard parece estar de acuerdo con el comentario de François. Louis silencioso, no le gusta que la gente hable de él, ni tampoco le gusta hablar demasiado de él. Sigo mirando la habitación de François y veo un afiche de Johnny, el cantante6, al lado un abanico español abierto y tres postales de los Pirineos pegadas sobre las paredes. Más tarde supe que parte de la familia de François vivía en esa región, inmigrantes españoles venidos durante la Guerra Civil. Louis, al darse cuenta de mi interés por las postales, me aclaró que François nunca las abandona y que cuando ocuparon juntos un squat7 en el distrito 20 de París, él ya las tenía. François me comenta:

Cuando las miro pienso: no todo siempre ha sido malo... y luego olvido. Todo queda ahí en la postal. Ya no estoy allí … y me voy adaptando donde estoy. Creo que ya no las miro, están simplemente ahí… yo, pienso en ahora… las postales son el pasado. Sirven para no buscar demasiado en mi cabeza cuando quiero recordar (se ríe).

Y añade François, reflexivo: «A veces uno se olvida que uno era como los demás». Conserva así estas imágenes como una forma de apropiación del espacio, fuera el que fuera, sea donde sea. Estas imágenes lo ayudan a dotar de significado a los diferentes lugares habitados y a no olvidar sus puntos de partida, que finalmente siempre constituyen una referencia positiva: dan fe de su presencia y de los lazos sociales preexistentes. Sin embargo, estas imágenes-postales no deben interferir con el hoy. Cada espacio habitado constituye un signo del presente y tendrá su historia. Olvidar las imágenes de los orígenes es hacer posible el tiempo presente, pero a la vez es necesario conservarlas con el fin de garantizar que el olvido pueda en cualquier momento e instantáneamente ser quebrado sin tener que ahondar demasiado en la memoria profunda que frecuentemente daña.

Pensaba en ese momento en la paradoja de estos hombres y mujeres, designados «sin domicilio fijo» y sin un lugar propio (sin un «chez soi»8) y que se incrustan a estos espacios tan fugaces, a través de estos objetos. Estos últimos son el vínculo con sus vidas «como la de todos los demás».

Finalmente, decoramos nuestro lugar de vida con sentimientos, ese concentrado de historia propia, de emociones, de imaginación y de historias de otros y con los otros. Georges Perec escribe en Especes d’espaces «la decoración (...) un espacio fraterno por redescubrir» que permite estar «en casa» incluso en espacios transitorios. El escritor se pregunta «¿cuándo (un lugar) se vuelve tuyo? (…) ¿Es cuando se han utilizado todas las perchas desparejas que no coinciden en el armario? ¿Es cuando has clavado con chinches una vieja postal en la pared (…)?» (2022: 47-48). En las habitaciones estaban las chinches, las postales, el póster de J­ohnny, los objetos y adornos… Lo que me atrajo no era tanto el eco de un estilo popular surgido del pasado de sus vidas, sino el deseo de las personas de individualizar sus espacios, de inscribirse cada una de ellas en estos últimos que sabían, pese a todo, de duración contingente. Más aún, de inscribirse en lo que Agee denomina «la “belleza” del azar y de la necesidad de sus moradas (…) dimensiones enteramente extranjeras a la belleza, pero que constituyen de una manera que importa mucho, un gran poema trágico» (Agee y Evans, 1993: 204-205)9. Estaba inmersa en estas meditaciones sociológicas cuando de repente Louis, casi adivinando, me volvió a su cruda realidad como para evitar que me perdiera en pensamientos románticos sobre su hábitat:

Probablemente todo esto te parece que funciona… es cierto que nos las arreglamos, pero no tenemos luz, y hace un frío impresionante durante el invierno. Puedes constatarlo. Por la mañana hace cinco grados bajo cero, seis. Te lo aseguro, hay que levantarse rápido a primera hora de la mañana para ponerte en movimiento. Buscar el agua… Ahora pensamos que si ahorramos un poco de dinero entre nosotros podríamos comprar un generador eléctrico, pero el problema es que no sabemos cuánto tiempo podremos quedarnos aquí. Estamos desde abril, casi un año. Detrás están los depósitos de la tienda Printemps y dicen que los han vendido. Quizás el nuevo dueño ocupe todo el espacio y para nosotros es muy importante contar con él para guardar el material de recuperación… Nuestra vida actualmente depende de eso.

Ser como los demás, arreglar, decorar, conservar recuerdos, tener un lugar… pero la vida difícil sigue ahí tenaz y llama al orden. La calma agreste del paisaje inicial a orillas del Sena que albergaba a estas personas y los deseos de estas últimas de apropiación subjetivante del espacio convivían con la incertidumbre y la aspereza de la precariedad. Estos hombres y mujeres singulares en situaciones particulares arbitran este difícil equilibrio entre la inestabilidad y la confiabilidad que les da la instalación y la marca de identidad del espacio, oscilación permanente donde son asignados los pobres en general. Sin embargo, el esfuerzo por mantener este equilibrio no borra el recuerdo de que la cuerda es floja y delgada y que en ese vaivén puede prevalecer una inestabilidad carente de toda apropiación de identidad.

2. Recuerdos de casas, refugio biográfico

Durante los días siguientes regresé a Villeneuve-La-Garenne, bajo los puentes del Sena. Comprender es volver, compartir, pensar con el otro.

Louis llegó con sus hijos, Eric, de seis años, y Alain, de ocho. Iban vestidos con joggings impecables, lo que Christelle lamentó «porque aquí no está muy limpio, hay barro y polvo y además les gusta trepar entre las plantas y esconderse». El polvo, había dicho Christelle, esos residuos de cosas destruidas, vencidas: materia de degradación social. Sin embargo, Louis se mostró orgulloso de sus atuendos: «No porque vivamos aquí tenemos que ser sucios y malolientes». Los niños se acercaron y me saludaron tímidamente, luego besaron a Christelle, que les sirvió inmediatamente una taza de chocolate. Louis se apartó y observó la escena.

«Aquí es como estar en el campo», dijo de repente, Alain, el hijo mayor. «Sí, es como en casa de la abuela», añadió Eric, el menor. Louis, burlonamente les dijo que eran los únicos «de la ciudad». Todos rieron. Entonces Eric agregó «que no era lo mismo aquí, que en casa de la abuela» y señaló que en su familia todos vivían de forma diferente: «la abuela» en una pequeña casa «con vacas y gallinas», su madre y ellos en un HLM y su padre «aquí, en su casita». Estos niños transitaban por las diferentes formas de hábitat trazadas por líneas de consanguinidad configurando una geografía parental. Inmediatamente partieron a jugar. Los vi entrar y salir de la «casita» de su padre, sin prejuicios, y luego ir a «la de Bernard». La precariedad de la vida, y su sentido, no parecía perturbar a los niños al punto de impedirles divertirse. Sin embargo, fuera de este espacio vital, Louis, su padre, les había aconsejado no hablar demasiado de ello. El deseo de evitar que la mirada estigmatizadora de los demás pudiera perjudicar a sus hijos y el temor a una denuncia de un asistente social o de un vecino de la zona que vieran con malos ojos esta presencia infantil entre los «vagabundos bajo el puente», como se les llamaba, lo llevaba a esta cautela social.

Me acerqué a la pequeña barraca de Bernard, que estaba sentado en su cama. Me pareció un poco taciturno, lo que no era su actitud habitual. Hice el gesto de alejarme. Cuando me vio me dijo que entrara, me puso una caja de madera para que me sentara. Sentí la humedad concentrada. Bernard estaba resfriado, se envolvía en una manta que había recibido en el Secours populaire10. Le pregunté si necesitaba algo para su resfrío. Me agradeció, todo estaba bien para él: «Es normal, hace fresco aún y ya soy viejo» (se rió). A toda prisa, los niños entraron para que Bernard les reparara un pequeño coche de juguete. Antiguo electricista, Bernard, sabía arreglar cualquier cosa que cayera en sus manos y con precisión profesional. Se sentaron en la cama junto a él, observando cómo lo hacía. «Y sí, esto es pequeño, pero es mi casa, ¿no?», preguntó Bernard, dirigiéndose a los niños. Inmediatamente les contó que cuando era joven había vivido en «una casa muy pequeña también, pero en aquel entonces eran cinco niños». Eric y Alain miraron a su alrededor y dijeron que eso no era posible: «Mira aquí somos cuatro y no podemos ni movernos». Y así comenzó una conversación sobre las casas de unos y de otros.

Bernard tenía una forma cautivante de relatar historias, y los niños escuchaban, fascinados. Contó así las travesuras que hacía con sus hermanos y hermanas. «Otra más... otra más...» pedían al unísono Alain y Eric. Louis y Christelle se acercaron para decirles que se fueran a jugar y a disfrutar del día soleado, pero los hermanos estaban demasiado absortos como para abandonar las historias de las casas de la niñez de Bernard. Los niños tienen un espíritu fundamentalmente memorial y narrativo. Les gusta escuchar las anécdotas que los adultos cuentan sobre sus propias infancias. Christelle y Louis se quedaron en la puerta escuchando también. Me dejé llevar por la situación, por ese ambiente cálido. No tomé nota. A menudo, en esos momentos, me sentía confundida. Me pregunté si estaba cometiendo un paso en falso. La miseria y la diferencia social que nos separaba quedaban suspendidas por mis emociones. Escuché estas historias fuera de todo interés antropológico: ningún análisis, ninguna voluntad comprensiva. Nunca pude reconstruir al detalle esos momentos, quedaron como un bien privado, una sensación que parecía negarse a cualquier decodificación etnográfica. Los relatos de lugares y de casas en tanto refugios de historias de hombres y mujeres se caracterizan por ser altamente experienciales en el sentido que da Walter Benjamín, aquel de «atravesar una región durante un viaje». El investigador, reflexivo, está a la escucha de esas experiencias, escucha que se vuelve ella misma experiencia. Observador sensible, toma en serio la complejidad del mundo, volviéndose a su vez testigo privilegiado de las ideas y recuerdos tal como surgen, en este caso, de las personas en situación de calle, en el momento preciso de sus emergencias. En esos instantes siento que solo hay lugar para una mirada afectada11 como fuente de conocimiento de aquello que nos aparece como invisible a la observación metodológica.

El tiempo transcurrió, las historias de casas se multiplicaron en las conversaciones intercambiadas entre Bernard, Louis y Christelle, bajo la atención vigilante de los niños en sus procesos de socialización memorial. De repente, los recuerdos parecían impacientes de ser contados. Mientras escuchaba me sumía en mis propios pensamientos: las casas, de las que carecían, evocaban en sus relatos, lugares aun habitados. Nunca las casas o refugios aparecieron como abrigos para cobijar simplemente cuerpos y asegurar la supervivencia material. La protección del cuerpo es indispensable ciertamente, pero porque es la garantía fundamental de la su­pervi­ven­cia moral.

Este entusiasmo en torno a las historias de hogares fue recurrente entre las personas que conocí a lo largo de mis investigaciones. La casa parece ser el lugar donde ellas reinstalan a través de sus relatos a sus seres próximos ya dispersos o desaparecidos, definiendo sus roles, en un tiempo y un espacio propios. Se podría decir que los relatos de lugares de vida restauran un mundo que ha estallado. Sus historias de vida fluyen ininterrumpidamente y las moradas devienen territorios de una posible narración biográfica sin las mutilaciones normativas impuestas por los agentes de la acción social. Estos últimos solo buscan y rescatan los fragmentos del relato que permitirían «una buena inclusión»12 de esas personas, aquello que los volvería seres productivos «merecedores» de un empleo. El resto, a sus ojos, no son más que trozos de vidas hechas migajas sin posibilidad de reverberación. He quedado tantas veces sorprendida frente a la visión institucional y de la acción social que considera los recuerdos, los saberes y las competencias del pasado de las personas en situación de calle como deshechos de vida y no como elementos fundadores y constitutivos de existencias enteras13.

Son, sobre todo, los recuerdos de las casas de la infancia los que desencadenan las historias de vida, en una línea que pretende ser cronológica, pero en la que el tiempo de la emoción y el de los seres queridos muchas veces ausentes, imponen la cadencia. Recuerdo que Bebert, de cuarenta y ocho años, a quien conocí en Clamart (zona suburbana al sur de París), me dijo que cuando piensa en su infancia sólo puede pensar en su madre y en su casa. Me explicó que el hogar y la madre van juntos

porque... son un refugio, te protegen, no te avergüenzas de ellas. Sí, tampoco te sientes avergonzado en tu casa. Con mi padre las cosas eran diferentes, no era de los que creaban un buen ambiente en casa... qué pena, cuando estaba él, todo cambiaba, la casa no era la misma.

Del mismo modo, Raúl, de cuarenta y seis años (ocupa una casa deshabitada en Clamart, trabaja en el mantenimiento de una imprenta) me dice que para recordar algo:

Primero busco dónde vivía en ese momento, con quién... Luego veo el lugar, eso me ayuda a encontrar lo que quiero recordar. Me gusta sobre todo recordar los buenos tiempos. En casa no teníamos mucho dinero y éramos cuatro niños y una niña, hablo de cuando estábamos todos juntos... hace mucho tiempo, pero eso no me impide pensar en ello. Estoy intentando recordar si cuando estábamos con mi madre ya estaba mi abuela o si esta llegó cuando mi madre murió. En ese momento tenía solo diez años, fue como si la casa se me viniera encima... después recuerdo que me pasaba los días recorriendo cada rincón de la casa buscando a mi madre, creía sentirla respirar... pero ya no estaba. La casa no era como antes, ¿cómo explicarlo? No sabía dónde meterme para sentirme bien... era una casa pequeña en un barrio obrero ... cerca de Rennes, la casa había dejado de respirar.

No pude evitar recordar a Mallarmé cuando escribe sobre la morada de Igitur: «Nada más, quedaba el suspiro» (1945: 440).

Emmanuel Levinas afirma claramente: «El papel privilegiado de la casa no consiste en ser el fin de la actividad humana, sino en ser (...) su condición y, en este sentido, su principio» (1971: 162). Bébert, Raoul y tantas otras personas que he conocido no expresan otra cosa, sus historias de casas hablan de la necesidad de estabilizar y poner en diálogo los tiempos y los lugares de una vida, los tiempos del sufrimiento, los del coraje, los lugares de los afectos, los de los no-derechos. Las casas recordadas rara vez son idealizadas. Generalmente marcadas por la necesidad, constituyen sin embargo huellas de una narración en la que se puede convocar a los seres, amados en ciertos momentos, odiados en otros. Esta selección permite que estas personas se posicionen frente a sus propias vidas. Son historias de hogares que hablan de dislocaciones (por divorcio, muertes, empobrecimiento familiar, ubicaciones institucionales) de genealogías sociales interrumpidas, pero también de nuevos vínculos y de nuevos refugios.

3. El barrio, prolongación de «mi casa» (Se vuelve al lugar para contarlo…)

El anclaje en los lugares de vida readaptados como refugios —salvaguardas del sí mismo— y los recuerdos de lugares de otros tiempos como relatos reflexivos de la propia vida precaria que acompañan a las personas en situación de calle, indican una relación particular con los diferentes espacios de la ciudad donde se establecen.

En Francia, desde la ley de la descentralización de 1982, los sectores de la población en situación de gran precariedad se encuentran bajo la tutela financiera del Estado. Pero es a nivel de la comuna que se materializa el acceso a los beneficios sociales y a la posibilidad de habitar. La condición para este acceso es demostrar precisamente lo que no pueden garantizar las personas en situación de calle: un domicilio en el territorio de la comuna que habitan. Una doble política se implementa, aquella preferencial del «entre nosotros», destinada a los habitantes locales domiciliados, por lo tanto, reconocidos como «propios», beneficiarios de derechos, y aquella del alejamiento de las personas sin techo reenviadas o confinadas a espacios sin singularidad (asilos, centros de alojamientos temporarios, paradores etc.). La categoría político-administrativa de Sans domicile fixe (Sin domicilio fijo - SDF) que utilizan las instituciones para designar a estas personas no es más que la muestra fehaciente de ese primer gesto de reconocimiento negativo y de relegación a espacios de ciudadanía de baja intensidad. Las personas así categorizadas son reducidas a espacios de identidad reductores, al mismo tiempo que se las expulsa fuera de nuestro mundo común.

Las personas son conscientes de ese proceso de desterritorialización. Es la perpetua puja histórica de su condición. Cada día ellas avanzan sobre los diferentes territorios urbanos, pero siempre a sabiendas que el camino estará plagado de escollos y retrocesos14. El movimiento de avance problemático pero insistente es indiscutiblemente una práctica concreta de ocupación vital ejercida por estas personas frente a la situación de carencia de un lugar para sí, pero sobre todo constituye el signo de que se está en la lucha. Ocupar el espacio de la ciudad es para estas personas introducir el conflicto por el hecho mismo de sus presencias indeseables que perturban las normas impuestas por los emprendedores de la ciudad, y así en la confrontación palpar sus propias existencias (Girola, 2017). En este proceso de ocupación territorial, proceso, en sus inicios, ciertamente utilitario en busca de un refugio material donde las personas se instalan para sus necesidades inmediatas de vida (mendicidad, venta de objetos recuperados…), se va tejiendo paralelamente una geografía protectora, donde las personas se entrelazan con los pares, los habitantes, los comerciantes, los diferentes actores sociales de los barrios entre desconfianza, caridad, humanitarismo y humanidad. Al mismo tiempo que las personas se territorializan en los espacios de la ciudad se territorializan a sí mismas. Es así como se arraigan progresivamente al lugar. Se las escucha reivindicar: «Yo soy Clichoi» (habitante de la localidad de Clichy al noroeste de París), «Yo soy Nanterrien» (habitante de Nanterre), «Puedo contarte toda la historia del barrio» me decía Louis de Villeneuve la Garenne, entusiasmado frente a la idea de aparecer como productor de un relato que podía integrarlo a una historia presente más allá del refugio de vida construido en las orillas del Sena. De repente, en sus narraciones, la casa se extiende. Estar «en lo de uno» o «en casa» (chez soi) no se limita al espacio del abrigo inicial entre muros, el barrio se vuelve también una extensión de ese espacio y en definitiva de las personas, del sí mismo. Y al mismo tiempo se vuelve también una prolongación hacia los otros. Las personas sin techo que encontré saben que la conservación de sí, el resistir a una vida dura y destructora y evitar la desolación total, depende del saber tornarse hacia los otros, esos que escuchan y esperan. Es así como en las historias de casas y barrios surgen relatos que dan cuenta de la trama de relaciones sociales existentes y también anteriores a la situación de calle. A menudo las personas durante los recorridos en el barrio me mostraban el antiguo lugar de trabajo, el cementerio donde están enterrados sus abuelos u otros parientes o amigos, la casa donde habita un pariente que los acoge de tanto en tanto, el café donde se reúnen con otros pares de condición entre los cuales el propietario y algunos vecinos se entremezclan a través de pequeñas historias y bebidas compartidas borrando por un tiempo relativo fronteras sociales.

En muchas oportunidades he encontrado personas en los lugares que habían sido el de sus vidas pasadas, a los cuales regresan y se instalan después de una serie de bifurcaciones biográficas de altos y bajos. Así es como percibí que para hablar de los lugares hay que volver a ellos. Lo que enraíza a esas personas a ciertos espacios de vida no son únicamente los recursos materiales utilitarios que pueden obtener aquí o allá sino y sobre todo una historia colectiva y afectiva que da sentido a sus existencias. «Se vuelve al lugar» para poder hablar de él, incluso si ese trayecto no es más que del orden mental y del recuerdo. Apoyándose sobre los lugares, me pareció que las personas producían un «choque» temporal entre el presente y el pasado como diría Georges Didi Huberman (1998) que les permite adoptar una mirada frontal sobre la memoria de su propia vida lo que contribuye a la afirmación de sí, a-pesar-de-todo.

La posibilidad de habitar un lugar reposa sobre una urdimbre de relaciones sociales que injertan a las personas en situación de calle a un espacio de pertenencia que les permite afirmar: «Yo soy de aquí», declaración que las libera de la extra-territorialización a la cual son siempre repelidas y asignadas.

Inscribirse en un lugar es entrar en una lógica colectiva, tener una identidad decible, un territorio a compartir.

4. Estar «en casa», lo social como secreto

Pero al final del día, una vez que el recorrido social cotidiano practicado por las personas en situación de calle, en la urbanidad de los bordes —entre oficinas de la acción social, duchas públicas, asociaciones de beneficencia, pequeñas changas, esporádicos pero firmes encuentros familiares— se interrumpe, se vuelve a los refugios individuales, «chez soi» como lo designan sus ocupantes. Este repliegue no significa que lo social queda excluido o más atenuado, como tantas teorías suelen afirmar, concibiendo la casa, el refugio individual o familiar como lo no público entonces como lo menos social, reducido a una domesticidad indiferente al mundo. Esta retirada constituye más bien el social vuelto secreto, silencioso, reflexivo. Al respecto, es particularmente elocuente lo que dice Louis de Villeneuve-la-Garenne:

Cuando vuelvo a casa, si, a este lugar que parece tan frágil, después de un día de luchar por conseguir lo mínimo por estar en este mundo, es finalmente aquí, chez moi, que me siento en el mundo (se ríe), como si toda esa lucha del día no me dejara darme cuenta del mundo en el que aún vivo. Y aquí con mis cosas, con mis ideas, solo, sin tener que explicar todo, me siento nuevamente un hombre en la sociedad. Durante el día estoy mezclado con los otros, con la sociedad. Aquí en cambio puedo pensar en lo que vi e hice, aquí me veo que estoy en la sociedad. Es complicado decirte lo que pienso y quiero decir, pero es así.

En ese espacio las personas se reencuentran con aquello de lo que no se habla en público, con aquello que en colectividad turba o humilla o que al contrario puede desvelar lo recóndito de sí, lo más querido o apreciado y por lo tanto particularmente preservado, también con los objetos tesorizados de todo tipo, verdaderos detonadores de recuerdos y experiencias, que delimitan el espacio, dándole forma y una estética que no puede ser juzgada porque es invisible al ojo público evaluador.

Las personas se conciben así incorporadas a la sociedad porque cuentan con el lugar del «chez soi», aquello que decanta lo social, ese resto esencial inalienable que hace que la persona se sienta dentro del mundo a pesar de las acciones ejercidas contra ellas para confinarlas al borde del mundo.

5. Por si acaso

Hasta que llega un día en que hay que dejar el «chez soi», su casa. Nunca es la primera vez y pocas veces es de imprevisto. El eco de expulsiones antiguas durante la infancia de moradas aun añoradas o de sus abandonos después de separaciones no siempre deseadas, resuena en la memoria de las personas, en sus cuerpos también y activan su fatiga histórica de la experiencia del errar en busca de un nuevo refugio. Pero no hay que confundir: este errar no es resultado de ningún comportamiento desocializado15 sino que es provocado por las políticas urbanas dominantes que no admiten pliegues, ni rugosidades en el espacio público y que imponen la lógica del control totalitario sobre las personas sin techo, implementando políticas de desalojo y de erradicación de los «indeseables» que ocupan diferentes espacios de la ciudad como refugios temporarios.

Comienza así por parte de las personas un proceso de salvaguarda de sus pertenencias. Llegando una tarde al terreno baldío que bordeaba la fábrica Thomson (hoy Thales) en Colombes, suburbio noroeste de Paris, donde Mbaker se había instalado y construido unas barracas hacía ya dos años junto a otros cuatro hombres, sentí que el ambiente estaba tenso. Un gran desorden reinaba en el terreno. Cartones, latas de conserva, ropa, maderas, estaban allí esparcidos y contrastaban con las imágenes que conservaba del orden y la limpieza de este espacio de mis primeras visitas, cinco meses antes. Mbaker y los otros llenaban bolsos de plástico reciclado, con sus ropas y sus objetos. Un silencio concentrado dominaba esa tarde. Mbaker me cuenta que deben abandonar el terreno porque alguien de la municipalidad les había informado que serían expulsados. Acto seguido me ofreció unas tazas con flores pintadas y unos cuadernos: «sé que le vas a dar mejor uso que yo. Yo solo los junto por esas cosas… por si acaso…».

Es ese «por si acaso» que me atrajo. Concentré así mi atención, desde ese momento, en las pertenencias de las personas que se encuentran en situación de vida extrema y de privación violenta. ¿Qué se conserva? ¿Dónde se guarda aquello a lo que uno se apega en esa situación? Fui dándome cuenta de que el «chez soi» no se constituye sino con pertenencias, algunas utilitarias, otras intensamente afectivas.

Esos bolsos, como los que llenaba Mbaker esa tarde, constituyen territorios de sí mismo, aquellos habitados por los secretos de la persona, aquellos donde se depositan y transportan objetos del pasado, también del presente que se guardan para el «por si acaso» del futuro. Diferentes temporalidades se acumulan y se mezclan en esos bolsos. Están allí conservados, objetos personales: fotografías de familia, documentos, cartas viejas, anillos de casamiento difícilmente olvidables, etc. Conocí a Pedro quien guardaba preciosamente en un sobre, rizos de cabellos de su hijo que en ese momento se encontraba institucionalizado y al cual se le negaba la visita; también recuerdo a José quien protegía delicadamente un juguete de su infancia envuelto en un celofán. Esos efectos personales —nunca abundantes— son los objetos de mayor aprecio. Como para cualquiera, son elementos que contribuyen a resguardar los lazos con el pasado, con momentos particulares de su propia existencia. Son objetos evocadores de los cuales uno se deshace difícilmente. Algunas veces son objetos de «una vida que hubiera podido ser diferente», como Pedro me dijo un día.

Hay en esos bolsos que estas personas arrastran con esfuerzos y a la vez convicción como así en los refugios urbanos que ellas ocupan, una acumulación muchas veces desbordante de objetos que podrán ser intercambiados o vendidos. Esas cosas en estado de latencia, de impensable renacimiento (un pedazo de hilo de alambre, una cajita de fósforos vacía, un encendedor descargado, un pedazo de tela, etc.) podrían un día revelarse útiles. Constituyen garantías de vida y permiten proyectarse en un mañana («con eso, más tarde, haré tal cosa»). Sea cual fuere su utilidad inmediata real, esas cosas son preciosas porque por sobre todo dan el poder de pensarse después.

* * *

Luego de recorrer ciertos barrios conocidos, de aventurarse en algunos más incógnitos y dormido de manera intermitente en rincones oscuros y disimulados durante unas cuantas noches, Mbaker decidió aceptar el ofrecimiento de una cama en un albergue temporario, que le hicieron los agentes del Samu Social16. Mbaker detestaba esos lugares, pero necesitaba un poco de respiro para recobrar fuerzas y pensar una estrategia para construir o encontrar un lugar para sí, sin controles ni normas impuestas como es el caso de un alojamiento destinado a personas en la calle. Sobre todo, había algo que molestaba a Mbaker, y a tantas otras personas en situación de calle que he encontrado en mis largos años de trabajo de investigación: la coacción a una vida colectiva:

(…) estas instituciones nos imponen de compartir las piezas, los espacios, el lugar para comer, no piensan que necesitamos, como ellos, un lugar para nosotros, para cada uno de nosotros, un lugar donde podamos estar solos para pensar (…) pero bueno así ahorran, siempre ahorran con nosotros.

Pero la crítica no estaba dirigida únicamente a la institución y a su economía discriminatoria, también estaba orientada hacia las asociaciones más militantes que proponían vidas comunitarias, organizaciones alternativas y de cooperación. Observé así que la idea de la «comunidad» no era el deseo de prácticamente ninguna de las personas en situación de calle, ni tampoco la de una ocupación colectiva del hábitat. Consideraban que esos proyectos estaban llenos de buenas intenciones de parte de sus portadores, pero que correspondían a las utopías de ellos y no a las propias.

Mbaker como tantas otras personas en su misma situación sueñan con la realización de derechos existentes, esos inscriptos en el papel, de los que muchos gozan, pero ellos no: tener un chez soi, un lugar de repliegue individual o familiar para pensar, imaginar, recordar, para reconstruir o reinventar el orden social y a la vez producir tiempo de avenir con otros. Pero el repliegue de estas personas en el refugio soñado y/o construido no debe interpretarse como una huida o un acto de abandono de si y de desolación, sino al contrario como recogimiento para sí, para sentirse uno mismo sin ambigüedad y desde allí observar el mundo, «un mundo ya humano» (Levinas, 1971) con toda su complejidad. Y es por eso por lo que el espacio público nunca es desertado por estas personas, aun cuando el refugio individual situado en sus intersticios ocultos sea prioritario, fundador e imprescindible. Mbaker de Colombes, Louis, Christelle de Villeneuve-la-Garenne y tantos otros saben que sus presencias urbanas indeseables para unos, fraternales para pocos, constituyen verdaderos testimonios. Desvelan así irresponsabilidades políticas, injusticias, estigmatizaciones arbitrarias hacia ellas. Es en el espacio de la ciudad, morada de la diversidad humana, en la tensión ineluctable entre una urbanidad liminar impuesta y otra construida, donde estas personas expresan sus sufrimientos sociales. Saben que ese decir interpela, busca la comprensión17, porque las personas hablan desde la certeza de que tocaron el fondo, certeza que se erige en experiencia inédita y en una verdad que hace vivir porque ayuda a no olvidar. El relato del sufrimiento social espera un auditor, una compañía que de confianza y permita a las personas sin techo estar aún allí. Es frente a este «estar aún allí» que habría que detenerse y abandonar la idea de que el tiempo es eterno y atrapar al vuelo la oportunidad que el tiempo presente —experiencia preciosa y única— nos ofrece cuando nos topamos en el espacio de la ciudad con estas personas, de transformar nuestro sentimiento privado de compasión y de piedad hacia ellas en un sentimiento político de cólera y de indignación. Un sentimiento que pueda tomar cuerpo para hacer cuerpo con el otro en un mundo común sin excepciones.

6. Referencias

Agee J., y Evans, W. (2014[1939]). Louons maintenant les grands hommes. Millau: Terre humaine-Plon.

Arendt, H. (1988). Condition de l’homme moderne. Paris: Pocket.

Capranzano, V. (1994). Reflexions sur une anthropologie des émotions. Terrain, 22, 109-117.

Devereux, G. (1990). De l’angoisse à la méthode dans les sciences du comportement. Paris: ­Flammarion.

Favret-Saada, J. (1990). Être affecté. Gradhiva, 8, 3-9.

Faure, A., y Rancière, J. (1976). La parole ouvrière. Paris: Union générale d’éditions.

Girola, C. (2011a). De l’homme liminaire à la personne sociale. La lutte quotidienne des sans-abri. Lille: ARNT. 

Girola, C. (2011b). Vivre sans abri. De la mémoire des lieux à l’affirmation de soi. Paris: Editions rue d’Ulm.

Girola, C. (2016). Les personnes sans abri dans un monde commun, choc de la ressemblance, apparition réciproque et réflexivité. En C. Girola, P. Pichon y E. Jouve (Dirs.), Au temps du sans abrisme. Enquête de terrain et problème public (pp. 171-181). Saint Etienne: PUSE.

Girola, C. (2017). Y sin embargo las personas sin techo siguen ahí… Fronteras en los fundamentos del espacio público. En E. Rinesi, J. Smola y L. Eiff (Comps.), Las diagonales del conflicto. Política y Sociedad en Argentina y Francia (pp. 239-250). Buenos Aires: Ediciones UNGS.

Huberman, G. D. (1998). Phasmes. Essais sur l’apparition. Paris: Les Editions de Minuit.

Huberman, G. D. (2003). Images malgré tout. Paris: Minuit.

Levinas, E. (1971). Totalité et infini. Essai sur l’extériorité. Paris: Kluwer academic.

Mallarmé, S. (1945). Igitur ou la folie d’Elbehnon (1869), Œuvres complètes. Paris : Gallimard.

Mathieu, N.-C. (1985). Quand céder n’est pas consentir. En L’Arraisonnement des femmes. Essai en anthropologie des sexes (pp. 169-243). Paris: Editions de l’EHESS.

Perec, G. (2022). Espèces d’espaces. Paris: Seuil.

1 Este artículo es el resultado de mis observaciones etnográficas y experiencias de mi trabajo de campo sobre las prácticas cotidianas de vida de las personas en situación de calle, investigación que realizo de manera ininterrumpida desde los años 1990 hasta la actualidad, en Francia, principalmente en la región parisina, en el departamento de Hauts-de-Seine y en Saint Étienne en la región Rhône (Alpes). Los fragmentos etnográficos que aparecen en este artículo corresponden a diferentes épocas entre los años 2000 y 2015. Desde aquel momento hasta el presente la situación de gran precariedad de las personas aquí citadas lamentablemente no se ha modificado de manera sustancial.

2 Esta imagen de «cazador» es inquietante, pero da una idea bastante justa del trabajo de un antropólogo en el contexto de personas en situación de calle. El antropólogo-cazador busca interpretar la progresión de la persona a través de las huellas que deja en su camino (algunas veces un camino puramente narrativo, otras esbozado por sus actos). El «cazador-antropólogo» y las personas tratan de sentir, de calcular, de imaginar como el otro, recíprocamente. Es en esta persecución que se crea una relación de aprendizaje mutua, una suerte de comunión jamás resuelta y sobre todo jamás confesada. La relación de común humanidad que se crea entre investigador y la persona, en este caso, en situación de calle, constituye un proceso de reflexividad intersubjetiva que favorece la producción de un conocimiento profundo, mutuo, y para otros (Girola, 2007, 2011a y 2016).

3 Quisiera precisar el sentido de esta expresión «a-pesar-de-todo». Ella no implica un sentimiento de resignación, al contrario. Inspirándome en los análisis que Georges Didi Huberman (2003) consagra a las imágenes de las situaciones limites, diría que el «todo» renvía a los condicionantes materiales de todos los días, a las determinaciones históricas, estructurales, contra las cuales la lucha es difícil y prolongada, sobre todo en una situación de vida extrema. El «a-pesar-de» hace referencia a las resistencias a esas determinaciones, resistencias que nos aparecen generalmente como simples adaptaciones, algunas veces silenciosas, invisibles, poco exitosas pero que nos recuerdan, como afirma N. C. Mathieu (1985) que «ceder no significa necesariamente consentir».

4 En ese momento Louis cobraba un seguro de desempleo.

5 HLM, Habitación de alquiler moderado. Viviendas sociales de economía mixta, otorgadas en alquiler cuyo precio se determina de acuerdo con los ingresos.

6 Johny Hallyday, cantante de rock popular francés.

7 Término que se utiliza en Francia para denominar las habitaciones o viviendas ocupadas ilegalmente.

8 Chez soi es la expresión que se utiliza en francés para designar el espacio propio, la casa propia. La locución equivalente en español sería «en casa».

9 James Agee y Walker Evans, en su obra fundamental, Elogiemos ahora a hombres famosos (Louons maintenant les grands hommes, es la versión francesa que fue consultada por la autora de este artículo) caracterizan de esa manera a las casas de los campesinos algodoneros en Alabama (EE.UU.) en el año1936. Todas las citas de otro idioma que no sea español usadas en este texto han sido traducidas por la autora del artículo.

10 El «Secours Populaire Français» es una asociación reconocida de utilidad pública. Nace en 1945, heredera de los movimientos populares emergentes después de la guerra. Desde esa época se constituyó en sostén de los obreros en huelga y de las víctimas de represiones políticas. Intervino como apoyo jurídico para las víctimas de las guerras coloniales, así como de las dictaduras de España y Grecia. En los años 70-80 se compromete en la lucha contra la exclusión e implementa nuevas formas de solidaridad: acceso libre alimentario, vacaciones para jóvenes, acceso a actividades culturales.

11 Una mirada que parte de un yo totalizador —«cuerpo, emoción y alma»—, un yo afectado, disponible a creer en los sentidos que los actores en juego, en sus interacciones sociales, dejan entrever para ser comprendidos. Para una reflexión sobre et rol del «estar afectado» y las emociones en el trabajo de campo, ver, entre otros: Capranzano (1994), Devereux (1990), y Favret-Saada (1990).

12 Los miembros de los comités donde se analizan los dossiers de las personas de bajos recursos que piden el acceso a ciertos beneficios como las demandas de ayuda para el pago de deudas de alquiler o para la obtención de viviendas adaptadas, etc., reconstruyen las biografías de las personas «normalizándolas» y, por ende, mutilándolas de todos los elementos biográficos (competencias, recuerdos, saberes) que no se ajustan a una trayectoria de vida esperada y dominante que responda a las clasificaciones administrativas que puedan abrir al acceso a derechos o beneficios sociales. He observado una serie de esas reuniones lo que me ha permitido seguir el proceso de lo que llamé «mutilaciones biográficas» (Girola, 2011b) de las vidas de las personas en situación de calle.

13 En el momento de mi investigación, la mayoría de las personas en situación de calle en Francia eran antiguos obreros o trabajadores, lo que muchos estudios y muchos políticos olvidan, como si un control se ejerciera sobre la memoria. Desde 1993 hasta tiempos recientes, los estudios sociodemográficos hechos por el Instituto Nacional de Estudios demográficos (INED) y el Instituto Nacional de Estadística y de Estudios Económicos (­INSEE) muestran el origen obrero de estas personas.

14 Entre las modalidades de expulsión territorial practicadas por los diferentes «emprendedores de la moral de la ciudad» en Francia, se pueden mencionar: la multiplicación de decretos de anti mendicidad implementadas desde 1995, los desplazamientos territoriales, verdaderas «reconducciones a la frontera comunal» en el marco de políticas municipales y todas las formas de exclusión de la vía pública como los mobiliarios urbanos, llamados anti-sitios, para impedir la instalación de las personas en situación de calle en ciertos lugares de la ciudad y los movimientos Nimby (Not in my back yard, esto es, no en mi patio trasero). El fenómeno Nimby, nacido en Estados Unidos, designa el combate de asociaciones de ribereños creados para defender sus espacios, sus barrios, sin tener en cuenta el interés general.

15 La figura estereotipada del vagabundo del medioevo impregna las representaciones de sentido común de los actores sociales y políticos actuales y también del habitante, quienes asocian las personas en situación de calle a un comportamiento al que se le atribuye la pérdida de las referencias del tiempo y del espacio, y la imposibilidad de respetar las normas urbanas, constituyéndolas en individuos portadores de taras morales y mentales, que los condenaría a una errancia de orden patológica, sin meta ni razón.

16 Creado en el año 1993 en Francia, el Samu Social es un conjunto de asociaciones no gubernamentales de asistencia a personas en situación de calle. Su método de trabajo es ir al encuentro de las personas y ofrecerles un albergue de urgencia y un acompañamiento social. Este dispositivo no obliga a las personas a aceptar la ayuda propuesta.

17 Esto nos recuerda lo que dijo Jacques Rancière para los obreros: «Los obreros no hablan primero para gemir o amenazar, hablan para ser comprendidos» (Faure y Rancière, 1976: 10)