Los sensorios del declive.
Algunas notas a partir de unas pocas imágenes de los hogares raros de un París colapsado

Sensories of Decline.
Some Notes from a Few Images of the Strange Homes of a Collapsed Paris

Gabriel Gatti*

Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Elixabete Imaz

Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Palabras clave

París, Declive, Casa, Sociología impresionista

Resumen: A partir de observaciones al paso y conversaciones y fotografías de calle este texto ofrece un pequeño panorama sensorial de una ciudad que se ofrece hoy tan exuberante en aparatos de cuidado y control de la miseria como obscena en el muestrario de sujetos abandonados a la intemperie. París es la ciudad que sirve de excusa para pasearse por este ejercicio de constatación impresionista de las evidencias de un derrumbe.

Keywords clave

Paris, Decline, Home, Impressionistic sociology

Abstract: Based on passing observations, conversations and street photographs, this text offers a small sensorial panorama of a city that today is as exuberant in its apparatuses of care and control of misery as it is obscene in its display of subjects abandoned to the outdoors. Paris is the city that serves as an excuse to stroll through this exercise of impressionistic verification of the evidence of a collapse.

* Correspondencia a / Correspondence to: Gabriel Gatti. Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea. Barrio Sarriena, s/n (48940 Leioa) – g.gatti@ehu.eus – http://orcid.org/0000-0002-0435-5074.

Cómo citar / How to cite: Gatti, Gabriel; Imaz, Elixabete (2023). «Los sensorios del declive. Algunas notas a partir de unas pocas imágenes de los hogares raros de un París colapsado». Papeles del CEIC, vol. 2023/2, papel 286, -10. (http://doi.org/10.1387/pceic.25098).

Fecha de recepción: agosto, 2023 / Fecha aceptación: septiembre, 2023.

ISSN 1695-6494 / © 2023 UPV/EHU

logo%20CC%20atrib%204_0%20int.jpg Esta obra está bajo una licencia
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El mes de abril de 2023 lo pasamos en París1, observando, paseando, redactando algunas notas de etnografías medianas, pequeñas, minúsculas2. Y París nos sorprendió. Primero por ser siempre París, ese que siempre quedará, por lo que eso todavía quiere decir, que no es solo historia, equilibrio y belleza modernas sino, también, por sus aparatos: Universidad, libros, intelectualidad, manifestaciones, flâneurs, jardines, Estado, sociedad, sociedad, suciedad. Todo ese aparato, ese, el que nos constituye, del que la ciudad está todavía atravesada. Pero nos sorprendió también por lo contrario, el declive de todo eso, la evidencia de los agujeros de ese plan, y de la cantidad enorme de expulsados que eso genera. Aun con eso, los aparatos siguen en marcha, y con esfuerzo, la fábrica social lo sigue siendo y con ella también sus instituciones, que contienen miserias y hundimientos. Se ven en la calle, a diario: la Armada de Salvación por la mañana, que da desayunos, los voluntarios de los Restos du Coeur, que dan cenas, y otros muchos que no se ven tanto, en despachos de hospitales, centros sociales, por donde sea en barrios y ciudades. Hay, sí, todavía un poderoso aparato de cuidado muy activo. Pero hay algo que se les fue de las manos y que se nos escapó de los conceptos, todo un mundo paralelo, con el que no hay cómo no cruzarse y que ya no parece poder ocultarse aunque su principio de existencia se siga apoyando en la necesidad de su invisibilidad (­Barel, 1982; Le Blanc, 2015). Eso, de veras, sorprende: gente tirada, gente hecha mierda, cuerpos solos o en grupo que solo se pueden pensar con el prefijo des- o con el prefijo sub-. Desbordarse es una buena palabra que el castellano nos presta para eso. Y si esto los escribiéramos en francés, recurriríamos a dos de sonoridad tremenda, que es la justa para esto: écrouler, s’effondrer. Catacrac, a eso suena lo que pasa.

No queremos teorizarlo, ni analizarlo, no aquí. Solo dar muestras de una sorpresa sensitiva. Para teorizarlo sabemos a qué recurrir, desde Robert Castel a François Dubet, desde Zygmunt Bauman a Saskia Sassen, desde Denis Merklen a Javier Auyero, o, también a los textos que produce el equipo de los proyectos que nos trajeron a París sobre la desaparición social, esto es, la desaparición cuando es un fenómeno social total (Casado-Neira et al., 2022; Gatti, 2022). Sabemos que hay declive y más o menos sabemos cómo es. Pero nos chocó sentirlo, notarlo, tan corporal, oler esas vidas más allá de los últimos, tiradas… Y es París, no es otro sitio. Seguro que es posible trazar líneas de causalidad que lleven de aquello (la sociedad moderna) a esto, lleno de inválidos, desvalidos, nunca válidos (Castel, 1997); con certeza se pueden dibujar genealogías que lleven del marginal al pobre y de este al superviviente. Pero en este texto solo queremos dar cuenta de las sensaciones que nos dio a nosotros, visitantes de ojo entrenado, una ciudad que estando en el mero centro del big bang que dio como resultado eso que llamamos sociedad, se llenó de agujeros por los que asoman personajes y situaciones que no nos esperábamos encontrar.

¿Cómo decir eso sin recurrir a la frialdad de algún análisis? En este mismo número de Papeles de Identidad Denis Merklen acude a algunos clásicos de la literatura social para recordarnos el «olor de la pobreza»: humedad que sale de abajo del suelo, que impregna la ropa, que se funde con el cuerpo del que la lleva. Hay un momento muy intenso de Parásitos, la película de Bong Joon-ho (2019), el momento en el que se desencadena todo, en el que un ricachón buena onda mueve sus fosas nasales con desagrado, cerrándolas como por reacción automática, mientras le pregunta a su chofer «¿qué huele así?», que es el chofer mismo, quien, consciente de su diferencia, empieza desde ese gesto tan poco razonante del patrón a desatar su rabia. «¿Qué huele así?» nos preguntábamos a menudo en París, en la calle, en el metro, en los bares cercanos a la Gare de l’Est, donde vivíamos. En una nota de campo, escribimos:

El 5 de abril comemos en el Bouillon de enfrente de la Gare de l’Est. Vamos luego a la manifestación contra las reformas de Macron, en Metro, que hay apuro. Un olor intenso viene de atrás de donde estamos parados, de esos de siempre de París. No es de sudor, sino de suciedad integrada a un cuerpo. En Bilbao es raro olerlo. Acá mucha gente hiede así, a mugre metida en los poros. Detrás, sentados en los strapontins, dos personas jóvenes, de unos treinta y pocos. No destacan mucho por nada, aunque ella parece ligeramente sucia, él no: ropas comunes, estándar, no muy gastadas, actitud tranquila. Primero se baja él. El olor se desvanece en parte. La chica sigue ahí, pero no la veo [GG], está detrás de mí, aunque la huelo. La miro: mirada perdida, habla sola, ropa raída. No está bien. Pero si no es por el olor, no la hubiera percibido, no la hubiera registrado como alguien fuera del común.

Su ropa es normal, su pinta, como la de muchos y muchas: gente sola, gente local o migrante, gente desorientada. El ojo no los ve, no los distingue; sí los sentidos que hacen a la piel, los sensibles a lo que se confunde. En un seminario que mientras estábamos en París organizó el colectivo «Les morts de la rue»3, el filósofo Guillaume Le Blanc habló de la gente asfaltizada; es esa que se funde con la calle, que la calle absorbió y que absorbe, de la que no se distinguen ya. ¿No les llama la atención que cuando, furtivamente, fotografiamos a quienes viven en esas miserias lo que devuelve la cámara es algo sin bordes? Le pasó a Paola Díaz en Bolivia, en los campos de residuos de la frontera con Chile, cuando quiso capturar la imagen de los que viven dentro; su poderosa cámara solo le devolvía sombras confusas, sin contornos definidos, como escondidas tras un humo4. El cuerpo es el factor de individuación, decía Durkheim, y sin cuerpo que delimita la promesa del individuo moderno se desparrama. Y pocas son las fotos nítidas de los cuerpos fundidos en el asfalto de París, como si esos «objetos de interés» no se dejasen encerrar en nuestros, llamémosles, «marcos de singularización».

Nos impactó esa fusión; la registramos a través de tres breves notas de campo y algunas fotos. Las notas son pequeñas viñetas etnográficas, «catas» las llamamos5, las fotos, imágenes tomadas a paso de celular en las calles de París donde veíamos nidos precarios. La primera fusión es entre cuerpo y suelo, la segunda entre cuerpos y maletas, la tercera entre calle y casa. No hay conclusiones, solo impresiones. El orden no responde a ninguna lógica, a ningún argumento que quiera desembocar en una conclusión: los cuerpos fundidos con el asfalto no llevan a la maletización ni esta a pensar que calle y hogar sean lo mismo. No hay desenlace, solo la constatación impresionista de la evidencia de un derrumbe.

1. Cuerpos fundidos

1.1. Fusión#1: Cuerpo-suelo

En una plaza que se abre bajo la línea de metro que circula sobre el Boulevard de la Chapelle, hay un tipo durmiendo en mitad de la acera, rodeado de cosas, de todas sus cosas. Duerme, quieto, asfaltizado, fundido con el suelo. Es difícil saber qué es, si está vivo o no: no se mueve, no hace nada. Solo es un cuerpo en espera de la siguiente etapa: comer, cagar, chutarse, dormir… Está en la mitad: no busca siquiera la protección de un rincón, del techito mínimo que le da el marco de un portal o una cornisa, es in-discreto. Está muy expuesto, en el centro de un lugar de paso de mucha gente. Carolina [Kobelinsky] nos explica que busca calor que sale de la rejilla de metro sobre la que está tumbado. Puro cuerpo. Solo cuerpo. Cuerpo fundido con la calle y con sus cosas.

Un poco más allá, en otro de esos espacios anchos que ofrece la avenida, encontramos dos montones de ropa sin nadie cerca, pero rodeados de palomas que picoteaban buscando alimento entre ellas. Sacamos una foto y el OneNote, donde escribo [GG] mis notas interpreta, con ese hábil ojo que tienen los inventos de Silicon Valley, que es «una plaza urbana con gente». No había gente: eran ropas, palomas, asfalto… Otro programa nacido en Silicon ­Valley —Google Maps— nos sorprende revelando que ese bulto, ese cuerpo-asfalto, lleva al menos un año allí, en una encrucijada por la que pasan a diario montones de coches, bicicletas y personas hacia barrios populosos. Tremenda descomposición la del registro sensible de la ciudad, que camina sobre cuerpos-suelo sin notarlos.

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1.2. Fusión#2: Cuerpo-maleta

Elegantemente sentado en la zona VIP de algún aeropuerto, Lionel Messi sonríe, seguro de sí mismo, del mundo, del futuro. Mira fijo. Mira tranquilo, apoyando sus pies o sus codos sobre una elegante maleta de Louis Vuitton, de esas a 3.000 euros la unidad. Da seguridad. Pero no estaba en persona Messi, no; estaba en un panel publicitario de esos de Jean Claude D­ecaux, uno parecido a los que hay en cualquier otra ciudad del mundo, uno que se levanta en el cruce entre la rue du 8 Mai 1945 y el Faubourg St. Martin, en París, en el distrito XVIII. Es una esquina potrosa, un triste lugar de paso, que el mapa dice que se llama Madeleine Braun. Transitan a diario cientos de usuarios de maletas, como Messi, pero de otras maletas. Se mueven, pero con otras direcciones y con otros sentidos de hogar, de casa, de refugio, de seguridad.

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Llevan maletas los viajeros de medio y largo recorrido que salen de enfrente de ese cruce de calles, la Gare de l’Est, o los que van a entrar a ella. Esa plaza es casi lo primero con lo que se encuentran al entrar en París llegando por esa estación desde Estrasburgo, Mulhouse, Nancy, Stuttgart, Berlín. Hay de todo ahí: turistas que se van de o vienen a largas estadías, estudiantes que vienen «de casa» o van «a casa», trabajadores de varios oficios. Se les distingue a unos de otros por la actitud, por la curiosidad, por la ilusión, que va de más a menos desde el turista al trabajador.

Con los turistas se pueden hacer graciosas clasificaciones: familias, aventureros, caminantes, parejas en trance de serlo. Sus maletas son grandes, coloridas, funcionales. Si se quedan en la zona van al Jardin Ville­min, ahí al lado, más verde, más lindo, más ordenado. Ahí se ponen a mirar cómo algún jubilado juega a la petanca o cómo los niños juegan en el tobogán. Dejan pasar el tiempo. Con los trabajadores la cosa es más difícil de observar. No se sabe si es gente que vino para unos días o para una temporada, si lleva sus cosas de currar en la bolsa, con actitud cansada porque acabó la jornada, o si están todas sus cosas en esas bolsas. No se sabe si van o si vienen, o si están, o sea, si viven ahí, en la zona, con todo en la maleta, que pegada a su cuerpo es casi parte de él. Todo eso es posible y es posible a la vez: que en algún lugar está su casa y que vienen a París por tiempos cortos, por alguna obra, por alguna zafra, para cazar oportunidades. Y luego se vuelven. Son gentes en tránsito, pero están dentro, léase, que habitan la «zona protegida», que son más o menos parte del «todo orgánico» que era como ­Simmel llamaba a la sociedad.

Todos estos pasan de largo por esta placita, la de Madeleine Braun. Si mirasen un poco más, hacia el fondo, o en los bancos, o bajo ellos, verían maletas de muchos tipos en la plaza. Están sucias, son más cutres que las suyas. Son viejas bolsitas de deporte, mochilas de segunda, bolsas que contienen tiendas de campaña o sacos de dormir. Van casi siempre pegadas a sus dueños y dueñas, que es gente que pasa o que está o que es en esa encrucijada de calles de París. Ahí duermen, ahí esperan a que alguna institución de asistencia les proporcione desayu­no o cena, ahí se lavan o van al baño, a uno de Jean Claude Decaux también, de esos que París ofrece para un apuro y que para ellos y ellas es para algo más. Viven proyectos de media hora, siempre con la maleta a cuestas, pegados a ella. En esas maletas está su casa, o son su casa, no se sabe bien. Y aunque no se sabe qué tienen dentro, no parece que fuera haya otros lugares u otras cosas en los que puedan usar el verbo «tener». La maleta, la bolsa, el saco, es su hogar. Maleta-cobijo, maleta-refugio, cuerpo-maleta.

1.3. Fusión#3: Cuerpo-Casa-Calle

Poco tiempo después de ir a París y también por viajes de Academia pudimos estar en la Universidad de Stanford, en Palo Alto, el ombligo del monstruo, el mero centro de Silicon Valley; un lugar singular. Ocioso, uno de nosotros pasea con colegas de allí por las calles de copas de la ciudad y cuenta esto:

Estamos en California Avenue, uno de los ejes que atraviesa Palo Alto. «Cal Ave» arranca cerca de la Universidad de Stanford, atraviesa el Camino Real y muere en Embarcadero Rd., en la parte más exclusiva de Palo Alto, ya cerca de las aguas de la Bahía. Fue la primera avenida en la que los bares pudieron abrir en plena pandemia de COVID-19. Era abril o mayo de 2020 y fue ocupada por terrazas, mascarillas, alcohol y protocolos. Y la pandemia se fue y lo que trajo se quedó: algo de miedo, mucha gente trabajando en casa y esta avenida convertida en peatonal permanentemente. Ahora es muy agradable; en un espacio público como el estadounidense con pocos lugares habilitados para el paseo, los lugares que sí lo están son realmente esferas de aparición y convivencia amable. Eso pues, calle recuperada para la gente: terrazas en la calle, juegos para niños y adultos, todo en la calle. Cool.

Cool, salvo para los habitantes de la calle. Tomando unas cervezas en la noche una persona se acerca, arrastrando un carrito lleno de cosas. Es un hombre de mediana edad con un cierto desgaste en su piel y en sus ojos, que están marcados probablemente por el consumo continuado de alcohol y por eso que da la vida en la calle. Pero no presenta signos brutales de deterioro, solo esas marcas que decían que su casa no se parecía a la casa de los que estábamos ahí tomando algo fuera de casa. Se para al lado nuestro y comenta algo sobre el castellano que hablábamos. En un momento su conversación se enroscó y empezó a poner la cabeza rumbo a otra dirección; me costaba mucho entenderle. Pero entendí bien cuando dijo que le habían expulsado. Dijo «home», que suena a eso, a hogar y cobijo. A fueguito. A nido. Y hablaba de la calle cuando decía eso, o sea, sí, que lo que para nosotros era un oxímoron para él funcionaba, que home = calle, esa en concreto, que era su hogar y en donde tomábamos unas cañas, gozando de lo público, ciudadanos que somos. Pero al hombre la recuperación de ese espacio le había echado de su casa, que era la calle. ¡Uf! En ella «vivía desde hace veinte años», yendo de arriba a abajo, con su música, con sus cosas, como hacemos todos en nuestras casas. Cal Ave, hoy convertida en espacio público de aparición para clases medias o más que medias en situación de ocio era, a veces, cuando lo habitaban los que viven en la desaparición, lugar de cobijos. Su casa-nido.

* * *

Las calles, si las miramos como un nido, ofrecen estampas de precariedad, sufrimiento, dolor, las propias de vidas que observadas desde los parámetros de la existencia común están a la intemperie, literal y no literalmente: al aire, nada las cuida, apenas cuentan. No dejan de ser precarias ni están protegidas por el hecho de que haya muchas, centenares, y que sean tan comunes que, a ratos, cuando el ojo se acostumbra terminen resultando rutinarias, tontamente banales. Es tentador acercarse a ellas con el afán de la socióloga analítica o del antropólogo cultural y elaborar clasificaciones exhaus­ti­vas, desarrollar interpretaciones, comparar, crear secuencias y series, sugerir clasificaciones. Y tienta: son muchas las casas-calle de París con cuerpos-asfalto y cuerpos-maleta cerca. Pero lo que sigue no es nada de eso; ni es serie, ni modelo, ni es casi argumento. No va a parar a ninguna parte más que a la constatación impresionista de la evidencia de un derrum­be.

Casa-calle#1 y #2: en cualquier acera, en cualquier barrio, en cualquier calle, se ven tienditas Quechua, parte de la serie de ropa de montaña de la multinacional de prendas y material deportivo Decathlon. Están en la calle pero establemente dispuestas en su esquina, su acera, su escalera, su rincón. Estas dos tiendas-casas-calle están, la primera, bajo el centro Georges Pompidou, y la segunda cerca, en una esquina soleada de la rue St. Martin.

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Casa-calle#3: en el borde del Jardin Villemin, protegidos por una calle sin salida y el vallado del propio jardín. Es común ver tiendas Quechua apadrinadas por las protecciones de los muchos jardines urbanos de París. Este llama la atención por la disposición en grupo, como protegiéndose del conjunto; algunas son tiendas de campaña compradas, otras están armadas con pedazos de cosas que bien bricoladas hacen la carpa. Están arracimadas unas sobre otras, como dando forma a algo que recuerda a una comunidad, defendiéndose de algo o protegiendo el territorio de su propiedad.

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Casa-calle#4: cerca del museo des Arts et Métiers un conjunto de tiendas cobijadas bajo los muros de una Iglesia. Mientras sacamos la foto por detrás nos sorprende el grito de una mujer que se acerca corriendo, apurada, acompañada de un perro, su mascota. Grita «J’arrive, j’arrive!». Es entonces cuando se consigue distinguir entre los ruidos de los coches y de los transeúntes los ladridos que, continuos, provienen de la tienda que estamos fotografiando, un perro quejoso que reclama el retorno de su ama y de su compañero. El ladrido indistinguible, fundido con el resto del estruendo de la ciudad y del que ahora somos conscientes de su excentricidad, tanto como la de que en ese espacio, tan chiquito, conviva esa mujer con sus dos mascotas, algo tan «de casa».

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Casa-calle#5: los puentes son espacios de cobijo que habitan en el lenguaje popular desde hace tiempo («vivir debajo de un puente») pero en París, en este París de 2023, la figura trasciende los límites de lo esperable y bajo los exquisitos puentes del Sena que lo habilitan, desde el menos elegante al más selecto, se disponen, ordenadas, en fila, las tiendas Quechua. A todas se las ve cerradas, prolijas, a distancia de convivencia. Se dejan ver con claridad desde donde estamos, uno de los bateaux mouches en los que navegan los turistas, bajo la protección de lo que les da cobijo y les facilita discreción.

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Casa-calle#6 y 7: el hogar burgués es un modelo, muy reconocible que, en intensidades y despliegues variables, todas habitamos. En el espacio se disponen distintos aspectos del nido: lugares de reposo, de juego, de descanso; espacios de relajación y de recreo; enseres para medir el tiempo u organizar las propiedades. En conjunto, el hogar, el refugio, el calor. Sus límites dejan fuera lo sucio (la calle, los otros, lo público) y cobijan, dentro, lo limpio, que es lo propio, esto es, lo de uno mismo y lo de nosotros, el nido pues.

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2. Referencias

Barel, Y. (1982). La marginalité sociale. París: Presses universitaires de France.

Casado-Neira, D., Gatti, G., Irazuzta, I., Martínez, M. (2022). La desaparición social. Límites y posibilidades de una herramienta para entender vidas que no cuentan. Leioa: EHU Press.

Castel, R. (1997). Las metamorfosis de La Cuestión Social. Barcelona: Paidós.

Gatti, G. (2022). Desaparecidos. Cartografías del abandono. Madrid: Turner.

Joon-ho, B. (2019). Parásitos [Película]. Seúl: Barunson E&A.

Le Blanc, G. (2015). L’invisibilité sociale. París: Presses Universitaires de France.

1 En el contexto de la ayuda de la FMSH (Fondation Maison des Sciences de l’Homme) recibida por Gabriel Gatti para estar como DEA (Directeur d’Études Associé) y por invitación de Carolina Kobelinsky en el LESC (Laboratoire d’ethnographie et sociologie comparatives), ayuda apuntalada con la contribución del grupo de investigación de la UPV/EHU Kontu laborategia (GIU 2022/2).

2 El del proyecto ViDes. Vidas descontadas. Refugios para habitar la desaparición social (PID2020-113183GB-I00), que financia la Agencia Española de Investigación (­MICINN) dentro del Plan Estatal de Investigación Científica y Técnica y de Innovación, Proyectos de generación de conocimiento.

3 De cuya historia y trabajo puede saberse algo más husmeando en: https://www.mortsdelarue.org/. Última consulta: 04/09/2023.

4 Comunicación oral, en el seminario «Paisajes de abandono», organizado por el grupo de investigación Kontu Laborategia y el proyecto ViDes. Vidas descontadas en Bilbao, en junio de 2023.

5 Lo que entendemos por cata aparece en la página Web del proyecto Vides. Vidas descontadas, en el lugar donde desarrollamos su jerga: https://vides.kontulab.eus/cata/. Última consulta: 04/09/2023.